Inspiración (13ª parte)

Había acabado el curso. Estaban en época de exámenes y Javier se iba una semana entera a Barcelona. Él ya había puesto sus exámenes y los estudiantes aun estarían hasta fin de mes haciendo otros, así que no corría ninguna prisa en corregir. Como siempre, su amigo lo acompañó.

De camino, René le empezó a molestar hablando de cómo iba la publicación del libro de Anabel y de lo contentos que estaban todos: Anabel, él y su jefe. Javier no había vuelto a verla salvo en los pasillos, como antiguamente, y quería olvidar de una vez el tema del libro y de Anabel. Cuando no pudo aguantar más, mandó al editor a paseo.

– ¿Alguna vez te has preguntado por qué se fue de Erasmus? – le preguntó entonces René.

– Claro que no. ¿Por qué me lo habría de preguntar?

– Claro, pero ¿sabes por qué se fue?

– Y yo qué sé. Muchos estudiantes se van. Creen que es una experiencia vital muy importante.

– Y en parte es verdad. Pero Anabel se fue de Erasmus por todo lo que pasó aquel fin de semana en Barcelona, hace más de dos años.

– No creo que fuera tan estúpida. Tampoco fue para tanto.

– Tú tienes cuarenta años. Para ti fue una niñería. Para ella no. Fue su primer gran desengaño en varios sentidos. El libro que escribió entonces era malo y lo supo por la persona cuya aprobación quería. Esa persona además, nuestro joven amigo rarito, encima la rechazó y, además, a él si le publicaron el libro. Cuántas cosas, ¿no? Necesitaba pasar página pero en realidad nunca lo hizo. En su lugar huyó.

– ¿Por qué hablamos de esto ahora?

– Porque creo que la quieres y si no haces algo volverá a huir. Las personas así no permanecen mucho tiempo en el mismo sitio si no tienen una razón para hacerlo.

– Creo que desvarías.

– No lo crees. Javier…

– Mira, deja de fastidiarme con Ana ¿Quieres que hablemos de otra cosa? Hablemos de Maite y de cómo lo lleváis.

– No quiero que hablemos de Maite. Ese tema está claro.

– Pues yo no lo veo claro.

– Claro que sí. Pero intentas cambiar de tema.

– Por supuesto, porque eres un maldito pesado.

– No niegues que la quieres.

– ¿Cuántas veces me he casado? Tres, y todas un desastre. No voy a hacer ninguna estupidez. No soy ningún niño.

– ¡Por eso! No hacer nada sería la estupidez.

– Escucha, tú dedícate a publicarle el libro y a conseguir mucho dinero para ella. Y de ahí no salgas ¿de acuerdo? Es una cría y ya está. Haré lo que quiera.

– Javi, si dejarla marchar fuera lo que quieres ¡estupendo! Pero si no…

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Sucker Punch

He dormido 20 horas casi seguidas, porque llevo encima un trancazo que no es ni normal. Me levanto por fin y después de comer dos manzanitas y una tostada con aceite me digo: “tengo que estudiar.” ¿Qué hago? Me conecto al Facebook, miro el correo (las varias cuentas que tengo) y finalmente recuerdo que ¡hoy no he subido nada! Pero conforme tengo la cabeza, no puedo pensar demasiado así que… sintiendo la falta de creatividad, voy a limitarme a poner el trailer de una película que he visto que comentaban por Facebook, y que, sinceramente, me muero de ganas de ver.

Por supuesto ahora no voy a estudiar, sino que veré alguna peli, porque mi cabeza no da para más y, encima por una vez, tengo excusa real, je,je.

Persuasión

Quizá sea la primavera, quizá esté enamorada y romanticona perdida, quizá es simplemente que voy a Bath, ciudad que sirve de escenario para un par de las novelas de Jane Austen, pero ayer vi Persuasión, la versión del 2007, y, si bien ya la había visto, no por ello dejé de disfrutarla. No entraremos en discusiones de si los hombres que Jane Austen muestra en sus historias son irreales, aburridos, más o menos atractivos; ni tampoco en el modo en que articula sus historias… No es eso lo que me interesa aquí.

Lo que hoy quiero poner de relieve es el actor que interpreta al protagonista – el capitán Frederick Wenworth – Rupert Penry-Jones, un bomboncito inglés nacido el 22 de septiembre de 1970, también conocido por estas tierras (que en España pocas series inglesas llegan, por muy buenas que sean) por su personaje de Adam Carter en Spooks, también llamada MI-5.

Quiero destacarlo, no solo porque sea guapo – que también, aunque sabido es que a mí los guapos no me suelen llamar mucho por esa sola cualidad – sino por lo genial que creo que Penry-Jones interpreta ese típico inglesito que se guarda todo dentro, en plan señor Darcy, y que Austen retrata continuamente en muchos de sus protagonistas. Quizá Penry-Jones no está interpretando tanto y él es así, porque lo de inglesito ya va de fábrica después de todo… Sin embargo, no me negaréis que es una pasada esa mirada llena de sentimientos contradictorios que le dirige a la chica, la dulce señorita Anne Elliot, mientras ella toca plácidamente el piano, y él se debate en su interior entre el orgullo, la rabia de haber sido rechazado, el amor y la pasión que siente… contradicciones varias, vamos.

Y es que me encantan esas miradas que dicen todo lo que la boca se calla. Me encantan estas historias donde lo que no se dice tiene más importancia, porque el mundo todo va de apariencias y formas, donde la gente normal y aburrida, que es la mayoría de la sociedad respetable, solo habla del tiempo y cosas banales, donde nadie es sincero con nadie ni de nada… Pero debo confesar que todo esto solo me encanta en la ficción.

Por cierto, sobra decir que me encanta la Moonlight sonata de Beethoven, y que puedo oírla una y otra vez sin descanso, y que siento profundamente que Youtube desactive mis inserciones una vez sí y otra también.

Lluvia

Llevamos un tiempo insultantemente largo con sol para ser el Reino Unido… hasta ahora. Parece que lo bueno nunca dura mucho y las temperaturas vuelven a bajar. De hecho, mi incipiente y molesto constipado da fe. Aquí dejo una poesía de cosecha propia a propósito del fenómeno meteorológico por excelencia. Espero que os guste.

Intentad sacar algo de ella, porque es lo que se suele intentar con las poesías. Si os apetece compartirlo o consultarlo con la autora, no dudéis en comentar.

Un beso enorme y disculpad la ausencia de este par de días.

****

Lluvia, reflejo acuoso de la vida
larga, que corta y desmorona
recoveco de añoranza sin cabida
para la esperanza en una aurora,

que cae cortante sin freno alguno
del plano llano que arriba forma
torrente amargo de claroscuro
que tierra y vida y todo toma;

que toca y moja despiadada
tu piel desnuda y tu alma evoca,
llegando al fin de la hondonada
donde recuerdos y nadas moran.

Esos nadas, esos nuncas que fueron
ceniza de inexistente fuego,
pertenecen a nadie y a nadie volvieron
por no haber nada más que duelo.

Lluvia cruel y peregrina
devuélveme lo que amor diera y tú robaras,
devuélveme mi vida
que una vida muerta ni es viva ni mata.

Ilusión de seguridad

Ayer hablaba con una amiga que quiere hacerse azafata de vuelo. Me estuvo hablando de las pruebas que tiene que pasar y para las que se está preparando. No sabía que eso fuera por pruebas, y menos físicas. O sea, lo de aprobar un examen de idiomas es completamente razonable, pero ¿nadar 100 metros en menos de dos minutos? ¿En serio? No sé si es mucho o poco en relación al tiempo exigido. No me importa. Lo que me llama la atención es que te pidan algo así.

– Es por si caemos al mar y tenemos que nadar, pero yo creo que es una tontería, porque hay más probabilidades de que acabemos muertos si el avión cae al mar.

Coincido con mi amiga. Y entonces me acordé de una de una escena de El club de la lucha donde Brad Pitt le cuenta a Edward Norton su teoría sobre la ilusión de seguridad que elaboran las aerolíneas con las salidas de emergencia a 10.000 metros de altitud o las máscaras de oxígeno.

Es una escena buenísima. Recomiendo toda la peli al rezagado que aún no la haya visto.

Inspiración (12ª parte)

– ¿Cómo llevas lo de la niña?

– Hace una semana que no sé nada de ella.

– Siempre pasan estas cosas. Siempre alejas a las mujeres de ti, y esta ni siquiera era tuya.

– René, ¿cuántas veces tengo que decirte que no hay nada ente nosotros?

– ¿Y ya has leído la historieta del francés?

– Sí, sí. El otro día. Me acosaba esperando una respuesta.

– ¿Y?

– Pues estaba bien. Bien escrito, buena historia… normal.

– ¿Vale la pena?

– Léelo tú y decide.

– No, me fío de ti.

– Y luego yo soy el vago. – René rio.

– ¿Cómo van esos exámenes?

– Son pésimos.

– ¿Están corregidos?

– Y revisados. Odio las revisiones.

– ¿Qué menos? Después de tres meses… Casi acaba el curso antes.

– Yo no tengo la culpa de que el tiempo pase tan deprisa.

De pronto llamaron a la puerta y ambos se callaron. Javier alzó la cabeza y René no se molestó ni en sentarse derecho.

– ¿Sí?

No respondieron, pero la puerta se abrió levemente y una cabecita asomó con timidez. René se incorporó de golpe.

– ¡Mira quién está aquí! Pasa, pasa.

Era Anabel. Saltaba a la vista que no esperaba ver a los dos amigos reunidos en comité.

– ¿Molesto?

– Tú nunca, guapa.

Javier no sabía si aquel comportamiento de René era pretendidamente lisonjero por la parte que le tocaba, o burlón y seductor, como solía suceder. Anabel se sonrojó y entró solo un paso en el despacho.

– Pasa, Anabel. Siéntate.

Tras una primera indecisión se dirigió al fin a una silla que había enfrente de la mesa de Javier, tras la cual estaba él sentado, más o menos cómodamente. René la observó con atención.

– Hola René…

Este sonrió involuntariamente de una forma fascinante. Era natural en él y no podía siquiera controlarlo.

– Hola, encanto.

La chica apenas reaccionó al flirteo y sin decidirse a mirar a ninguno de los dos, dijo en voz baja:

– ¿De verdad os gustó el libro?

René respondió en el acto que con locura, y Javier, sonriendo por su amigo, dijo que ya sabía su opinión.

– Entonces… lo publicaré.

René tuvo que controlarse para no dar saltos de alegría y enseguida fue a darle dos besos.

– Excelente. Me alegro mucho por ti, querida. Es una idea excelente. Y ya verás lo genial que es ver tu libro por ahí, en las librerías. Seguro que tú las pisas bastante.

– Bueno, déjale hablar un poco. Y tú ignórale, no le hagas caso. De hecho no estoy seguro de si yo lo contrataría a él.

– Claro que lo harías. Soy el mejor, y además quiero lo mejor para ti… y para Ana también, por supuesto. Para los dos.

Anabel empezó a reírse y Javier se le unió.

– Vamos, esto hay que celebrarlo – dijo de repente René.

– Oh no, yo tengo clase.

– ¿Un viernes por la tarde? Qué depresión. No, no, cariño tú te vienes conmigo. Tenemos que hablar de las condiciones de la publicación y de otras cosas más ligeras.

Finalmente se fueron los tres a tomar algo. Javier no quería dejar a la incauta a solas con su amigo, pero no estuvieron mucho porque tenían que irse a Barcelona esa misma noche.

El otro lado de la cama

Atención a la sinopsis que he encontrado en labutaca.net de El otro lado de la cama:

“Sonia (Paz Vega) y Javier (Ernesto Alterio) llevan varios años viviendo juntos y varios más siendo novios. Pedro (Guillermo Toledo) y Paula (Natalia Verbeke) no viven juntos pero sí son novios desde hace varios años. O eran, porque ella se ha enamorado de otro y le dice aquello de «prefiero que seamos amigos». Esta frase, sin duda una de las más duras que puede decirnos alguien en nuestra vida, precipita todos los acontecimientos que se cuentan en esta comedia que habla del amor, del sexo, de la amistad y sobre todo de la mentira. Y es que en esta película los personajes no paran de contar mentiras desde el principio hasta el final. La situación de Javier es bas-tante peliaguda: por un lado tiene que aguantar las presiones de Paula que le pide que sólo sea amigo de Sonia, y por otro tiene que intentar que Pedro no se entere de que es él quien está con su antigua novia, lo que tampoco es fácil porque para Pedro en este momento la vida sólo tiene un sentido: descubrir con quién está Paula. Entre tanto van apareciendo nuevos personajes: Rafa (Albero Sanjuán) y Carlos (Secun de la Rosa), dos amigos de Pedro y Javier, el primero un taxista con una curiosa visión de la vida y el segundo un chico que nunca termina las frases que empieza; Antonio Sagaz (Ramón Barea), el estrafalario detective que contrata Pedro para que descubra quién es el amante de Paula; Pilar (María Esteve), una chica un poco psicópata que se enamora perdidamente de Pedro, y Lucía, una actriz amiga de Sonia, guapa, simpática y lesbiana, algo que tendrá mucha importancia en la historia. Las cosas están mal, muy mal, pero como el amor lo puede todo, se terminarán arreglando sin que haya ni vencedores ni vencidos. Parece que todo va a ser como al principio y que cada uno se va a quedar con su pareja, pero claro, en el amor y en el sexo las cosas nunca suceden con normalidad… Y mientras, todos tan con-tentos y cantando, y eso sí, siempre mintiendo.”

¿¡Pero cómo son capaces de contarlo tooooodo!? No es que yo me calle mucho cuando hablo de pelis, pero me pone de los nervios que me cuenten todo y, más aún, el final. Varios amigos siempre se ríen de que no quiera contar los finales de alguna peli o libro, pero considero que es lo más normal. Y es que, si por alguna de aquellas, quieres incitar a alguien a que vea o lea algo y le cuentas cómo acaba, acabas de destrozarle una parte importante de la obra. Que ya lo decía Lope, que hay que mantener la intriga para que la gente no se aburra o distraiga.

Por cierto, que la peli, allá por 2002 cuando la sacaron, me encantó. Increíblemente divertida y muy bien montada. Si algún rezagado no la ha visto, que no se desanime porque le he puesto la sinopsis de La butaca y le ha destrozado el final, que esta es una de esas obras que está genial consumir aunque se cante un poco el final. (Lo de cante no ha sido una gracia pensada, pero ha quedado que ni pintado XD)

Como colofón, aquí dejo una de mis canciones favoritas de la película que canta mi querido Alberto Sanjuán.