Vida y Muerte

Hablando de cuentos…

El otro día vi una película excelente donde todos los actores que en ella actúan se lucen (entre ellos Tristán Ulloa y Luis Tosar, pero también María Adáñez – La pija de Aquí no hay quien viva -, Manuel Manquiña – quien también estaba genial en Airbag – y otros tantos que no acabaría de enumerar) llamada El lápiz del carpintero. Realmente disfruté la película, cuya historia me emocionó y me mantuvo en vilo perpetuo. Historia de caída de la República, de guerra, de cárcel, de amor, de obsesión, de sentimientos varios y confusos… Y paro de contar que me estoy poniendo pseudointelectual.

En casi toda la película se ve a los presos republicanos sobrellevar la cárcel de la mejor manera posible esperando la inminente y consabida muerte. En una escena en concreto están cenando y el pintor cuenta un cuento, una leyenda, un sucedido que llama él.

Aquí lo dejo y espero que lo disfrutéis:

“En un lugar llamado Marolho vivían dos hermanas. Vivían solas en una casa cerca del mar. Una hermana se llamaba Vida y la otra, Muerte. Las dos eran muy buenas mozas, muy alegres, y además se llevaban muy bien. Como tenían muchos pretendientes decidieron hacerse un día un juramento: podrían tener sus amoríos, pero no se separarían nunca. Y lo cumplían.

Los días de fiesta iban a bailar a un lugar llamado Donaire a donde iban todos los mozos de la comarca. Para llegar allí tenían que atravesar una marisma con mucho lodazal, así que las dos hermanas llevaban puestos los zuecos y los zapatos de bailar en la mano para que no se manchasen. Los de Vida eran negros y los de Muerte, blancos. Y pasó el tiempo y las hermanas cumplían su promesa, es decir, tenían sus amores pero, tarde o temprano, volvían a su casa. Pero una noche, una noche de invierno crudo, hubo un naufragio – porque este, como sabéis, es un país de mucho naufragio. El barco que naufragó se llamaba Palermo e iba cargado de acordeones. La tempestad hundió el barco y esparció la carga. El mar se llenó de acordeones y el movimiento de las olas los hacía sonar. Aquellas melodías fueron empujadas por el viento hacia la costa y escuchadas por las hermanas en su casa. Eran melodías tristes. A la mañana siguiente los acordeones yacían destrozados en la playa del lugar. Todos menos uno. Lo encontró un joven pescador que decidió aprender a tocarlo. Tocaba tan bien como el mismo océano. Lo cierto es que la hermana Vida vio tocar al joven acordeonista en una fiesta y se enamoró de él, y la hermana Muerte se quedó sola y nunca se lo perdonó.

Es por eso que ahora la muerte va y viene por los caminos, especialmente los días de frío. Lleva puestos sus zapatos blancos – porque ya he dicho que la muerte siempre calza de blanco – y llama a las puertas de las casas donde hay zuecos para preguntar: “¿Habéis visto a un mozo acordeonista o a la puta de la Vida?”
Y a quien pregunta, por no saber nada, se lo lleva por delante.”

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