Amor (continuación III)

Cualquiera diría que las cosas no iban bien entre nosotros, pero lo cierto es que estábamos muy bien. Hicimos algún que otro viaje y parecía que nos amoldábamos mejor que nunca.

Entonces, de repente, la noté extraña. No sabía por qué, pero siempre estaba a la defensiva. Yo siempre creía que era porque estaba con la regla, pero era imposible que estuviera todo el mes con la regla. Finalmente me lo dijo un día: estaba embarazada. Se me cayó el mundo encima. ¿Cómo iba a ser eso verdad?

– ¿Pero estás segura?

– Sí.

– ¿Pero te lo ha dicho uno de esos palitos o has ido al médico?

– He ido al médico.

Me quedé un momento pensando. Eso daba un vuelco completo a mi vida.

– ¿Qué pasa? ¿No quieres tenerlo? – Yo no respondía. Estaba asimilándolo. – ¿Jorge?

– ¿Eh? Sí, sí. No es eso. Es que… ¿estás segura?

– ¡Que sí!

– ¿Tú sabes…? ¿Tú sabes lo caro que puede ser un niño?

– ¡Jorge!

– Ya, ya. Eso no importa, supongo…

– Claro que no, porque lo querremos mucho.

– Pero ¿tú sabes lo que nos va a costar? ¡Tendré que trabajar más horas! Y… ¿aquí cabremos? – miré alrededor. Nuestra casa no era demasiado grande.

– Eso ya lo veremos – estaba feliz. Me miró. – ¿Tú lo quieres?

– ¿El qué?

– ¡El niño!

– ¿Es un niño?

– No lo sé, lo que sea ¿lo quieres?

– Sí.

Sí. Lo quería. Pero por otro lado yo tenía mis dudas. Quería a Rebeca a mi manera; no obstante, siempre estábamos riñendo por cualquier cosa. Ella era muy distinta a mí. No estaba seguro de poder enfrentarme a aquello.

Hicimos cambios en la casa. La habitación donde yo guardaba mis libros, mis documentales y películas sería la habitación del niño y había que guardar todo aquello. Pronto empezamos a comprar cosas de esas en miniatura para bebés: una camita, una bañerita, ropita, juguetitos. Todo pequeñito.

Faltaba solo un mes y medio para que Rebeca saliera de cuentas y entonces pasó lo peor que podía pasar. Abortó. Tuvo complicaciones y la niña no sobrevivió, porque era una niña. De nuevo volvieron las riñas sin sentido y el malestar. Ambos estábamos hartos y superados por la situación y, poco a poco, nos alejamos cada vez más.

Finalmente decidimos que lo mejor sería darnos un tiempo. Poco después yo volvía a ser como antes de conocernos: inseguro y enfrascado en mi mundo. Echaba en falta algunas de nuestras discusiones, pero lo superaba hablando con mi perro (había adoptado un perro).

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