Winter is coming

Estaba claro que Danielle era una chica guapa, inteligente, locuaz y graciosa. Estaba claro también que le gustaba mucho y que su situación era insostenible porque ella tenía novio y no parecía tener la más mínima intención de romper con él. Y sin embargo tampoco parecía sentir ninguna necesidad de distanciarse de Noa. Aquello le molestaba enormemente y, llegando a la conclusión de que cada uno es responsable de sí mismo, decidió actuar. Si Danielle no iba a hacer nada al respecto – porque lo cierto es que a Noa le quedaban pocas dudas de que a ella le gustaba él y no entendía nada –, Noa mismo se distanciaría.

Y eso hizo casi de un modo cortante. Dejó de llamarla y si ella lo llamaba o mandaba mensajes – cosa que ocurría muy esporádicamente dada su naturaleza despistada, pero ocurría a pesar de todo – él procuraba ser breve y seco de manera que quedase constancia de que quería alejarse. A veces se preguntaba a sí mismo si no estaría siendo exagerado o demasiado brusco. No obstante, cuando por alguna de aquellas coincidían y ella seguía igual de simpática y cariñosa que siempre, él reanudaba sus esfuerzos por marcar la distancia, convencido de que era lo mejor.

Finalmente consiguió lo que se había propuesto y ella dejó de llamarle. Lo máximo, un mensaje neutral en la red social. Noa se felicitó a sí mismo, pero lo hizo sintiéndose el tío más miserable de la tierra. Era como si se hubiesen peleado, y sin embargo nunca lo habían hecho. A pesar de todo, por supuesto, Noa seguía pensando en Danielle a menudo. Tan solo encender la televisión y ver algún anuncio de una película le hacía pensar en que ella quizá querría verla o en cómo la analizaría concienzudamente de un modo que solo ella sabía.

Harto de aquella estúpida melancolía y obsesión decidió que tenía que oxigenarse y empezó a salir con sus amigos como hacía años que no salía. Y aunque se distraía y se reía en algunas ocasiones, ella aparecía antes o después en su mente para bajarle los ánimos. Su mejor amigo se lo dijo entonces de una vez.

– Sal con otras. Para quitarte a la tía esa de la cabeza, mete a otra.

En esencia era un buen plan, sobre todo viniendo de su amigo Toni, quien era un inútil sentimental. Así que se decidió a intentarlo.

Hacía mucho tiempo que no ligaba o siquiera lo intentaba, pero era consciente de que su físico ayudaba considerablemente. No le solía dar importancia, pero Noa era alto y delgado, y de facciones agradables. A la semana siguiente decidió invitar a una compañera de clase que siempre había sido simpática con él, a pesar de lo cual solo sabía de ella que se llamaba Sara y que estaba buena. Sara accedió a cenar con él y aunque Sara era guapa, simpática y no mala conversadora, Noa no paraba de verle pegas: su aspecto era demasiado artificial, su conversación trivial y demasiado centrada en las clases y la gente de clase… incluso su manera de comer le desagradó.

Al viernes siguiente eludió las preguntas de su amigo Toni y optó por entablar conversación con una chica que había en el grupo de amigos y en la que nunca había reparado. La chica, Silvia, era simpática, pero era demasiado tímida y agotaba un poco la paciencia de Noa. Además no eran tan guapa como Danielle.

Intentó probar suerte con otra compañera de clase, pero resultó más desastroso que con Sara, si cabe. Micaela tenía un fuerte acento italiano que le irritaba y una obsesión incomprensible por los gatos.

Estas y otras experiencias similares hundieron a Noa en tal miseria que finalmente decidió olvidarse de las chicas, de sus amigos y sus consejos, y dedicarse a sí mismo. Cuando no tenía nada que hacer, hacía las mismas cosas que a lo mejor hubiera hecho con Danielle, tales como ir al cine, a algún museo o simplemente dar paseos por la ciudad, pero solo. Y descubrió que aquellas le gustaban y lo animaban, por muy deprimentes que pudieran parecer en un principio. Además, empezó a ver a la gente que caminaba por la calle con otra perspectiva y aquello a veces le hacía reírse él solo. Parecía que el otoño había traído cierto optimismo discreto a su manera de ver las cosas.

Había llegado diciembre. Lo sabía porque diciembre era sinónimo de navidad y estaba todo el centro de la ciudad plagado de luces y estrellas eléctricas que daban un aspecto mágico a la ciudad. Noa no era un gran fan de la navidad, pero le encantaba la decoración y la ciudad adornada para tal efecto. Le parecía que vestir a la ciudad de gala y pensar en lo bonito que estaba todo era un modo estupendo de ignorar el frío. Tampoco es que allí hiciese demasiado frío. Tan solo lo justo y necesario para poder decir que el invierno estaba llegando. Winter is coming, que decían sus amigos. Una sonrisa fugaz atravesó su rostro conforme andaba y es que, curiosamente, no había podido ver ni leer la famosa saga de libros, pero sus amigos insistían en que lo intentase. Lo cierto es que no tenía demasiadas ganas de leer, la carrera lo absorbía y los libros le aburrían. Su sonrisa se tornó melancólica pensando en alguien que le pegaría amistosa pero reprobatoriamente si oyese aquello. Al momento la tristeza se apoderó de él y entonces intentó cambiar la dirección de sus pensamientos.

Era media tarde, la noche empezaba a caer y el frío a arreciar. Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y decidió dejar de deambular sin rumbo fijo para establecerse un destino. Estando como estaba a la altura del Corte Inglés varias opciones se le planteaban: tomar algo, comprar algo, ir al cine, llamar a alguien para hacer algo en compañía. El primer nombre que le vino a la mente lo desechó y decidió que seguiría solo, que era como mejor estaba.

Paradójicamente, al cabo de unos minutos se encontraba dentro de una gran tienda de variados productos, en la sección de libros. Su vista fue a parar enseguida a una estantería en situación predominante frente a las demás donde estaba el famoso libro que tenía que leerse. Además de la estantería, había un gran palé cargado de decenas de ejemplares. Cogió uno y empezó a hojearlo con distraído interés, no supo muy bien cuánto tiempo, cuando de repente alguien habló a su lado. Giró la cabeza intentando volver a la realidad y vio a una chica joven, con el pelo castaño y corto que tenía entre las manos un ejemplar del mismo libro que él sostenía, y cuyos ojos verdes y brillantes lo observaban directamente.

– ¿Qué?

– Digo que ese libro está muy de moda, pero con razón.

– ¡Ah, sí! ¿Lo has leído?

– Claro, como todo el mundo.

Noa la miró algo más detenidamente y vio que la chica parecía un par de años más joven que él. Era bajita, pero muy guapa. Él sonrió sin terminar de comprender muy bien su suerte.

– No todo el mundo. – Ella sonrió. – Perdona, ¿cómo te llamas?

– Nerea ¿y tú?

– Noa.

Con el ánimo renovado y la autoestima creciente porque aquella chica preciosa le había entrado, le invitó a tomar un café. Había cafetería en aquella misma tienda, en la planta baja, así que para allá se fueron. Después de las presentaciones básicas, Noa se vio discutiendo con ella sobre los fenómenos de moda, como los libros de épica fantástica, o las películas para adolescentes de pseudovampiros y hombreslobo. Era muy divertida y después de echarse unas risas y tomarse dos cafés, decidieron quedar para el sábado siguiente.

Aquella noche, de regreso en casa, Noa no paró de pensar en Nerea y en cuánto le había gustado. Sonrió pensando en que el invierno quizá depararía algo bueno.

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