Sherlock Homes: Juego de Sombras

Habían estrenado en el cine la segunda entrega de la nueva saga de Sherlock Holmes. Noa sabía que los actores principales eran Robert Downey Jr y Jude Law, entre otros, y que el director era Guy Ritchie, director de películas de gangsters y de humor negro. Y además, el ex de Madona. Incluso sabía quién había compuesto la banda sonora… Sabía cosas que antes nunca hubiera sabido de no ser por Danielle y eso le causaba algo de morriña.

Hacía mucho que no iba al cine, pues siempre que Nerea le decía de ir, él cambiaba el plan diciendo que prefería hacer cualquier otra cosa que les permitiese hablar. Sin embargo, aquella vez accedió por fin porque compartía las enormes ganas de ver aquella película que Nerea tenía.

– ¡Qué chula ha estado! – dijo ella levantándose de la butaca en cuanto las luces se hubieron encendido.

– Sí.

– Y qué graciosa la escena del hermano… – En ese momento aparecía el hermano de Sherlock en los créditos. – Ese es un actor famoso inglés ¿no?

– Eso creo.

Noa cogió las chaquetas de ambos y le tendió la suya a Nerea mientras caminaban hacia las escaleras.

– ¿Qué te apetece hacer ahora?

– ¡Vamos a cenar, me muero de hambre!

– Vale ¿Qué quieres cenar?

– ¡Pizza!

Siguieron escaleras abajo para ir a la salida, cuando de pronto:

– ¡NOA!

Noa se giró para ver quién le llamaba e hizo un barrido rápido por la cada vez más vacía sala. Allá, en una fila central, en el centro justo de las butacas vio un brazo en alto que le saludaba cuya propietaria se sentaba tranquilamente a lo indio sobre el asiento. Al lado había un chico sentado con los pies apoyados en el respaldo de la butaca delantera y entre sus rodillas sujetaba un recipiente cilíndrico de cartón del cual extraía palomitas que comía lentamente. Parecía absorto en la pantalla mientras Danielle miraba a Noa. Este se giró para detener a Nerea.

– ¿Quién es? – le preguntó Nerea.

– Una amiga – respondió Noa sin saber muy bien qué decir o pensar.

– ¿Y ese es su novio?

– Eso creo.

– ¡Hola! – dijo alegremente Danielle cuando estuvieron a la altura de su fila acercándoseles. Sin esperar a recibir respuesta, les dio dos besos a Noa y a Nerea. – Hola, me llamo Danielle – le dijo sonriendo a Nerea.

Esta se presentó a su vez un poco sorprendida, pero Noa vio satisfecho que enseguida sonrió flamante y tranquila. Aquello le dio seguridad a él mismo.

– Aquel es – dijo Danielle girándose hacia el chico que estaba aún absorto en las letras que subían y subían en la pantalla, y comía palomitas – Álex… está ocupado comiéndose las palomitas que los que teníamos sentados al lado se han dejado. ¡Casi medio cubo! La gente es…

– ¿Está comiendo las palomitas que otros han dejado?

Noa estaba perplejo y Álex, que acababa de llegar a ellos con su cubo bien amarrado bajo su brazo izquierdo, le tendió la mano derecha para estrecharla.

– ¿Por qué no? No es que la gente escupa en sus palomitas o que estas estuvieran por el suelo… ¿Queréis?

Noa estrechó la mano que le tendía y Álex se acercó a darle dos besos a Nerea, quien lo miraba divertida.

– Pues yo sí que quiero.

Y sin más, Nerea cogió un puñadito y empezó a comer ante la perplejidad de Noa.

– La lástima es que estén frías.

– Son palomitas gratis, no pidas tanto… – sentenció Danielle. – ¿Os apetece hacer algo? Íbamos a cenar o algo así.

Álex en seguida apoyó la moción, pero a Noa le costó un poco reaccionar. Aquella situación, del todo inesperada, lo había dejado algo inseguro, aunque no sabía muy bien por qué. Hacía casi tres meses que no sabía nada de Danielle, y cerca de un mes que salía con Nerea. Ahora se veía en medio de las dos con el novio de la primera que hasta ese momento había sido un personaje fantasma en la historia de su vida. Miró a Nerea interrogante y esta se encogió de hombros positivamente.

– Está bien – respondió finalmente.

Noa y Nerea se dirigieron a la salida de nuevo seguidos de la otra pareja, que hablaba alegremente de la película. Nerea le preguntó a Noa de nuevo por ella.

– Es… largo de explicar.

Nerea no dijo nada más, aunque Noa presumió que seguramente volverían al tema después; no obstante, que ella no pareciese realmente preocupada por el repentino plan y la presencia de Danielle lo reconfortó.

Quince minutos más tarde los cuatro estaban sentados en la terraza de un kebab dispuestos a cenar.

– Gracias por acceder a mi petición, tenía un antojo increíble de kebab – dijo Danielle.

Los otros rieron quitándole importancia. Noa, sin embargo, no era un gran fan de aquella comida y se sentía algo violento. La situación fue en casi todo momento fría.

Primero Danielle y Noa se pusieron un poco al corriente de su vida en los últimos meses, luego les tocó hablar a Nerea y a Álex. Aquello era raro como solo el día de presentación de un grupo de alcohólicos anónimos podía serlo. Por otra parte, Noa también estaba inquieto porque Danielle actuaba como siempre, es decir, alegre y totalmente relajada. No entendía nada. Era cierto que aquella vivacidad suya siempre le había gustado, pero ahora no sabía seguro si era forzada, o si realmente para ella aquello era normal. Afortunadamente, cada vez que miraba a Nerea, esta le dirigía sonrisas seguras y miradas verdes y tranquilizadoras que lo ayudaban a calmarse. El único totalmente ajeno a cualquier tensión que pudiera haber parecía ser Álex, que era como Noa siempre se había temido, un tío muy simpático y divertido.

De regreso a casa, Noa paseaba tranquilamente al lado de Nerea, su brazo rodeando tranquilamente los hombros de ella, en silencio. Finalmente Nerea preguntó:

– ¿Estás tranquilo ahora?

Noa sonrió ampliamente.

– Infinitamente.

– ¿Qué pasa entre Danielle y tú?

– ¿Tú qué crees ?

– No lo sé, pero está claro que algo.

– Pues en realidad nada. Es una amiga y nada más, siempre lo ha sido…

– Pero…

– Pero a mí me empezó a gustar mucho, y como ella tenía novio, me alejé.

– ¿Pero le llegaste a decir que te gustaba?

– No, qué va.

– ¿Por qué?

– Porque ella tenía novio, tiene novio. No quiero, quería – corrigió enseguida – que tuviese que plantearse siquiera romper con él por mi culpa, no sin saber que ella sentía lo mismo. Ya has visto que él es un buen tío.

– ¿Pero lo conocías? ¿No te lo ha presentado hoy como si fuera la primera vez que os veíais?

– Sí, o sea no, no le conocía en persona.

Nerea se calló por un momento, y luego se rió.

– Yo diría que la tía salía con los dos a la vez.

Noa deseó no haber oído nunca eso. No es que no lo hubiera pensado alguna vez, pero oírlo fuera de su mente – donde había estado dando vueltas por un tiempo discretamente – materializado en palabras, era terrible.

– No fui nunca nada como un novio para ella.

– ¿Ah, no?

– No, solo éramos amigos: hablábamos y hacíamos cosas juntos, pero nunca en plan novios o amigos con derechos o… nada de eso.

– Ya.

Noa bajó la vista para ver el semblante de Nerea y se encontró con una sonrisa pícara.

– ¿Qué?

– Nada, nada.

– Nerea…

– Pues que la tía tiene buen gusto, salta a la vista… ¿y por qué tendría que elegir…?

– Pero que nunca hubo nada entre nosotros…

– No, ya.

– Lo dices como si pensases que un hombre y una mujer no pudieran ser solo amigos.

– Obviamente… A pesar de todo, me ha caído bien. Es graciosa. Aunque quizá habla demasiado.

Noa se dio cuenta de cuán gracioso era todo si lo pensaba bien.

– ¿Y dices que tiene buen gusto? ¿Álex te ha parecido guapo?

– Claro, alto, guapo, simpático, divertido… y bastate frik, empezando por lo de las palomitas… – dijo Nerea riendo, a lo cual añadió: – Pero no lo decía por él.

Noa miró de nuevo a Nerea, más fijamente, y sin poder evitarlo una amplia sonrisa brotó en su cara.

– ¿Ah, no?

Nerea seguía sonriendo y aquella sonrisa pícara se quedó grabada en las retinas de Noa de tal modo que le pareció que había dejado de parpadear.

– ¿Está de más si digo que me gustas?

Ella levantó la vista y sus ojos se encontraron directamente.

– No, para nada – respondió ella girándose hasta quedarse de frente a él.

– Pues me gustas mucho, Nerea.

Entonces se miraron fijamente mientras se acercaban poco a poco, casi tímidamente, el uno al otro. Noa podía sentir su aliento en la boca, aliento con aroma a kebab, irresistible y apetitoso entonces.

Nada de lo que había estado abrumándolo los últimos meses – el peso de un universo entero de dudas e incógnitas que había cargado sobre sus sienes, sus aparentes problemas, Danielle – parecía tener importancia. Únicamente existían ellos dos. Únicamente, pues incluso la calle en la que estaban parados mirándose como tontos y el gentío que caminaba a lo largo de ella, empezaron a difuminarse a su alrededor. Solo estaban él y Nerea,a escasos centímetros y un misterioso hechizo encantador que le hacía recrearse en aquel momento de suspense, hasta que finalmente ella se adelantó salvando el nimio espacio que los separaba y sus bocas se encontraron en un beso lento y suave.

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