Eloísa está debajo de un almendro

Este fragmento está extraído del ACTO I (que sigue a un prólogo, así que a efectos prácticos es como el acto 2) de la obra de Enrique Jardiel Poncela. Hace tiempo que quería subir algo de esta obra, porque la he releído repetidas veces este curso por razones varias y me encanta, pero no sabía muy bien qué fragmento extraer. Este acto en concreto me encanta, por la disparatada situación que parte ya desde el mismo espacio. Atención al dibujo, para que os hagáis una idea del decorado.

Contextualización: está Edgardo, el amo de la casa, en su cama, de la cual no ha salido desde hace veinte años, y al lado hay una habitación abarrotada de muebles, que es un desafío de atravesar, y los dos criados, Fermín, el viejo que quiere irse, y Leoncio, el que le va a remplazar y que está siendo enseñado, a los pies de la cama de Edgardo, que acaba de entrevistar a Leoncio para ver si es apropiado para el puesto.

******************

EDGARDO: (Contento, a Fermín) Oye, me parece que este chico nos va a servir, Fermín.

FERMÍN: Ya le dije al señor que le gustaría.

EDGARDO: Me alegro mucho, aunque también lo lamento, pues cuando él entre a mis órdenes te perderé de vista a ti…

FERMÍN: Yo bien quisiera seguir en mi puesto, señor, pero el servicio de esta casa le desgasta a uno tanto…

EDGARDO: Sí. Aquí se quema mucha servidumbre, es una pena. (…) ¡Ay! Oye… No olvides prepararlo todo, que dentro de cinco minutos salimos para San Sebastián.

(En ese momento, por el foro izquierdo, aparece Micaela – una dama igualmente) distinguida y singular como el resto de la familia. Es un poco mayor que Edgado (…) Avanza deprisa tirando de los perros y con destreza de persona ya habituada a ello, por entre los muebles hacia la cama de Edgardo). la hermana mayor de Edgardo, hablando a grandes voces)

MICAELA: ¡Edgardo! ¡Edgardo! ¿Estoy yo loca o has dicho que te vas a San Sebastián?

EDGARDO: Las dos cosas, Micaela.

MICAELA: (De modo patético) ¡Insiste por ese camino, Edgardo! Insiste por ese camino, que algún día acabarás por decir algo ingenioso. Pero, dejando aparte tus sarcasmos, que ya no me hieren ni me ofenden, yo me pregunto si no puedes irte a San Sebastián mañana por la noche u otra noche cualquiera, que no sea la noche de hoy precisamente…

EDGARDO: ¿Y por qué la noche de hoy no debo irme a San Sebastián?

MICAELA: Porque esta noche van a venir ladrones, Edgardo. Te lo estoy anunciando desde el lunes. ¡Y no me lo discutas! No me lo discutas, porque ya sabes que eso no se me puede discutir…

EDGARDO: Ya, ya lo sé. Y no pienso discutírtelo. (Volviéndose a Fermín) Aíslame, Fermín.

FERMÍN: Sí, señor.

(Toca el resorte de la pared, y la especie de persiana de madera que aísla una habitación de otra, comienza a bajar.)

MICAELA: (Patéticamente) ¡Aislándote no evitarás que los ladrones vengan, Edgardo!

EDGARDO: Pero dejaré de verte y de oírte, Micaela.

(La persiana baja del todo, tapando la cama y el trozo de habitación correspondiente)

MICAELA: (Digna y pesarosa) Bien está. Cuando yo digo que esta es una casa de locos… Irse a San Sebastián esta noche, justamente esta noche, cuando toca ladrones… (Dando un enorme suspiro) ¡En fin! Por fortuna, vigilo yo y vigilan Caín y Abel (por los perros), que si no estuviéramos aquí nosotros tres, no sé lo que sería de todos… (Se va por el primer derecha llevándose a remolque a los dos perros).

LEONCIO: (Estupefacto) ¿Quién es esa?

FERMÍN: La hermana mayor del señor.

LEONCIO: ¿Y qué es eso de que esta noche toca ladrones?

FERMÍN: Pues que se empeña en que vienen ladrones todos los sábados. Está más perturbada aún que el señor, es un decir. De día no sale nunca de su cuarto y esta es la que colecciona búhos. Tal como usted lo ve, con los perros a rastra, se pasará toda la noche en claro, del jardín a la casa y de la casa al jardín.

LEONCIO: Pues habría que oírles a los perros si supieran hablar.

FERMÍN: Creo que están aprendiendo para desahogarse.

LEONCIO: (Riendo.) ¡Hombre! Eso me ha hecho gracia…

FERMÍN: ¡Chis! No se ría usted, que aquí las risas están muy mal vistas.

(Por la escalera del fondo surge entonces como un obús Práxedes. Es una muchacha pequeña y menuda que personifica la velocidad. Trae una bandeja grande con una cena completa, dos botellas, vasos, mantelería, etc., y avanza con todos sus bártulos, como un gato por un vasar, vertiginosamente y sin rozar ni un objeto, hasta una mesa donde deposita la bandeja, y, con rapidez nunca vista, arregla y sirve un cubierto sin dejar un instante de hablar, no se sabe si con Fermín o consigo misma.)

PRÁXEDES: ¿Se puede? Sí, porque no hay nadie. ¿Que no hay nadie? Bueno, hay alguien, pero como si no hubiera nadie. ¡Hola! ¿Qué hay? ¿Qué haces aquí? Perdiendo el tiempo, ¿no? Tú dirás que no, pero yo digo que sí. ¿Qué? ¡Ah! Bueno, por eso… ¿Que por qué vengo? Porque me lo han mandado. ¿Quién? La señora mayor. ¿Que qué traigo? La cena de la señora, porque es sábado y esta noche tiene que vigilar. ¿Que por qué cena vigilando? Pues porque no va a vigilar sin cenar. ¿Te parece mal que vigile? Y a mí también. Pero ¿podemos nosotros remediarlo? ¡Ah! Bueno, por eso… Y ahora a dejárselo todo dispuesto y a su gusto. ¿Que lo hago demasiado deprisa? Es mi genio. Pero ¿lo hago mal? ¿No? ¡Ah! Bueno, por eso… Y no hablemos más. Ya está: en un voleo. ¿Bebidas? ¡Claro! No iba a comer sin beber. Aunque tú bebes aunque no comas. ¿Lo niegas? Bien. Allá tú. Pero ¿es cierto, sí o no? ¿Sí? ¡Ah! Bueno, por eso. (Yendo hacia Fermín y Leoncio.) ¿Y la señora? ¿Se fue? Lo supongo. Por aquí, ¿verdad? (El primero derecha.) Como si lo viera. ¿Qué si voy a llamarla? Sí. (Señalando a Leoncio y mirándole.) Éste va a ser el criado nuevo, ¿no? Pues por la pinta no me parece gran cosa. ¿Que sí lo es? ¡Ah! Bueno, por eso… Aquí lo que nos hace falta es gente lista. Ahí os quedáis. (Inicia el mutis.) ¿Decíais algo? ¿Sí? ¿El qué? ¿Que no decías nada? ¡Ah! Bueno, por eso… (Se va por el primero derecha.)

LEONCIO: Y ésta es otra loca de la familia, claro.

FERMÍN: No. Ésta es la señorita de compañía de doña Micaela y está en su juicio. LEONCIO: ¿Que está en su juicio?

FERMÍN: Sí. ¿Es que ha notado usted algo raro en ella?

LEONCIO: ¿Cómo que si he notado algo raro en ella? ¿Y usted no nota nada oyéndola hablar?

FERMÍN: Yo es que ya no discierno, acostumbrado como estoy a… ¡Claro! Si no podré aguantar ni ocho días más… Si también el criado que estuvo antes que yo perdió la chaveta…

LEONCIO: ¡Pero hombre!

FERMÍN: Si de aquí salgo para una celda de corcho…

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