El mundo es un pañuelo

Por suerte mi perspectiva de los congresos a los que he asistido aún no ha sido así. Esperamos que no llegue a serlo nunca, pero no he podido evitar sonreír leyendo este fragmento en las primeras páginas de una novela llamada El mundo es un pañuelo, cuyo autor se llama David Lodge. Os aseguro que lo poco que he leído de ese señor (leí tiempo atrás Intercambios – o Changing Places – me hizo reír con ganas) me ha encantado.

************

Para los veteranos de congresos celebrados en universidades provinciales británicas, estas eran incomodidades ya familiares y, hasta cierto punto, estoicamente aceptadas, como lo era el más que mediocre jerez servido en la recepción (una marca poco conocida que parecía pregonar con exceso si origen español mediante la vistosa representación de una corrida de toros y una bailarina de flamenco en la etiqueta) y como lo era la cena que les esperaba después – sopa de tomate, rosbif y dos verduras, tarta de compota con crema – y cada uno de cuyos ingredientes se había eliminado concienzudamente todo vestigio de sabor mediante una prolongada cocción a altas temperaturas. Generó una irritación superior a la de costumbre el descubrimiento de que el congreso significaría dormir en un edificio, comer en otro y reunirse para las disertaciones y discusiones en el campus principal, asegurando con ello a todos los afectados una buena dosis de fatigosas caminatas de un lado a otro, por caminos y pavimentos a los que la nieve daba un carácter peligroso y desagradable. Pero la verdadera fuente de la depresión, al reunirse los asistentes para el jerez y echar ojeadas a las pequeñas cartulinas blancas prendidas en solapas y en las que figuraban, claramente escritos, el nombre de cada persona y el de su universidad, era la escasez y – forzoso es reconocerlo – la calidad en general poco distinguida de los participantes. Al poco tiempo habían constatado que no había allí ninguna de las estrellas de la profesión, nadie de hecho cuya presencia justificara viajar diez millas, y mucho menos los centenares que muchos habían recorrido. Sin embargo, allí estaban, pegados unos a otro, para tres días: tres comidas diarias, tres sesiones diarias de bar, una salida en autocar y una visita al teatro… largas horas de sociabilidad obligatoria, y ello sin contar las siete disertaciones que se ofrecerían, seguidas por preguntas y debate. Mucho antes de que todo terminara se sentirían asqueados de la mutua compañía, habrían agotado todos los temas de conversación, utilizado todas las distribuciones más lógicas en los asientos de las mesas, y sucumbido al familiar síndrome del congreso – halitosis, lengua saburrosa y jaqueca persistente – debido a fumar, beber y hablar cinco veces más que lo normal. El conocimiento previo del aburrimiento y el malestar al que ellos mismo se habían condenado gravitaba como un peso frío y opresivo en sus intestinos (que también se destemplarían al poco tiempo), aunque trataran de disimularlo con una charla brillante y una cordial campechanería, estrechando manos y palmeando espaldas, y engullendo jerez como un medicamento.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s