Te llamaré Viernes

– Oye, tú… ¿cómo te llamas?

– Polibio – recibió una mirada de extrañeza junto con la única respuesta que en el fondo esperaba.

– No, lo digo en serio, tu nombre de verdad. Vamos, tío, Polibio ni siquiera era filósofo, era un historiador, medio escritor, ya sabes, gente baja…

La intensidad de la carcajada desfiguró por un instante el rostro que ahora se acercaba a él con una mirada irónica, excavando profundos surcos sobre la piel fronteriza con los párpados, las eternas pero siempre ligeras manchas de las ojeras color gris claro, su nariz aguileña fruncida entre las arrugas que apenas se percibían como delgadas líneas blancas cuando la risa estaba ausente. Benito sintió por primera vez curiosidad por su edad, y le situó en todno a los cuarenta y cinco, diez años más que él.

– Me llamo Francisco de Borja. Era el santo del día. Lo demás viene de lejos, podría ser una de esas hermosas y tristes batallas que cuentan los travestis. A los diecinueve años decidó emprender la guerra contra mi nombre. No pedía gran cosa, ni siquiera pretendía que modificaran mi carné de identidad, simplemente le rogué a todo el mundo que en lo sucesivo me llamara Paco. Mi madre no se mostró en absoluto dispuesta a consentir un cambio semejante. Ella me llamaba Borja desde pequeño, Borjita, supongo que para subrayar públicamente la rancia fe católica de una familia de derechas de toda la vida, y eso que acababan de ganar la guerra, ya no era necesario tanto alarge, digo yo. El caso es que me negué a seguir llamándome así, Borja es un nombre de maricón, por eso debe de estar tan de moda ahora, pero supe valorar también la esterilidad de mi actitud, y dejé de llamarme a mí mismo Paco, que en el fondo no me gusta nada, para afrontar una metamorfosis radical. Aristarco me gustaba bastante, y lo llegué a adoptar por una temporada, pero ninguna chica lo decía bien, me llamaban Arisparco, lo que no es precisamente halagador. No resultó fácil. Con Platón, la verdad, no me atrevía, Aristóteles jamás, no en el lecho de muerte, los principios son los principio, Heráclito se parece demasiado a Heracles y a su equivalente latino, Hércules, nombre de héroe musculoso, y nunca hay que perder de vista que la gente es muy bruta, con Epicuro pasa algo similar, no deja de indignarme el comprobar que para la opinión pública el pobre se ha quedado en una suerte de boceto del marqués de Sade con túnica corta, Parménides es largo y feo, Pitágoras, sublime, está muy desprestigiado, se ha convertido en el sinónimo oficial de empollón, y los pitagóricos no empollaban, solo aspiraban a la sabiduría… Total, que renuncié a los filósofos y probé suerte con los polígrafos. Al final, mientras tanteaba con Polibio, la hermana de un compañero de la facultad, tan celebrada por su generosidad como por su talante progresista, me confesó, mientras sometía su carne, que no su mente, al peso de mi cuerpo, que yo nunca la había engañado, que ella había adivinado hacía ya tiempo que mi verdadero era Policarpo y que lo disimulaba muy mal. Cuando recuperé el control de mis pensamientos, decidí que los hados habían hablado por sus labios, y acepté el nombre de Polibio como un rasgo de conformidad con mi destino. Y hasta hoy. No me ha ido mal, después de todo.

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Fragmento extraído de Te llamaré Viernes de Almudena Grandes que me dieron ayer en un arrebato consumista impulsado por el arbitrario nombramiento del 23 de abril como Día del libro.

Compré una rosa y me dieron un libro.

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