Felicidad

Pero es que en realidad no necesitaba ninguna sustancia extraña para inutilizarse. Tenía suficiente con dar vueltas y vueltas con la música que sonaba en todas partes, a su alrededor, fuera y dentro de su cabeza. Tres y a veces más ritmos distintos que se superponían en una melodía extraña y cargante que hacían que su cuerpo necesitase dar vueltas y vueltas y no parar hasta darse de bruces contra el suelo, donde dejaba que fuera el mundo entonces el que diese vueltas a su alrededor. Y cuando parecía que la pseudodroga a la que se había expuesto bajaba su intensidad, que comenzaba a ser consciente de lo que estaba pasando, entonces se levantaba de un salto súbito y, a trompicones como podía, comenzaba a dar vueltas y vueltas de nuevo. Y así se pasaba las horas imposibilitando que su cuerpo se equilibrase y su mente pensase.

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