Leandro Fernández de Moratín

(Madrid, 1760-París, 1828) Hijo del también literato Nicolás Fernández de Moratín, tuvo una formación autodidacta, aunque en contacto con los autores que, junto su padre, formaban la élite Carlos III, atribuido a Rafael Mengs intelectual y literaria del Madrid de Carlos III.

Estaba yo leyendo la edición de la Biblioteca Virtual Cervantes de una obra llamada La derrota de los pedantes cuando he decidido sin haber leído apenas que me hacía mucha gracia y quería subirlo. Ya hablaré largo y tendido de la obra si esta y yo nos prestamos, de momento os dejo el principio. Comprendo que puede ser algo difícil de leer pues el estilo neoclásico es acurado y complejo, pero habedlo ahí.

Ya desde el mismo no-prologo me encanta:

Esta obra no necesita prólogo; por eso no le tiene. Necesitaba notas, pero el autor no ha querido ponérselas.

Estábase Apolo durmiendo la siesta a más y mejor en un mullido catre de pluma. Un mosquitero verde le defendía de pelusa y moscas; la alcoba tenebrosa y fresca, el palacio en profundo silencio, y el dios bien comido, mejor bebido y nada cuidadoso. Roncaba, pues, su reluciente majestad, haciendo retumbar las bóvedas; y Mercurio, que se había quedado traspuesto en un chiribitil cercano, dábase a Plutón, por no darse al diablo, viendo que los bufidos de su hermano no le dejaban pegar los ojos.

En esto se ocupaban las referidas deidades, cuando de repente se levantó tal estruendo en los patios, corredores y portalón del palacio que parecía hundirse aquella soberbia máquina. Alterose Mercurio, dio un salto de la cama al suelo, y hubo de perder el juicio hallándose a pie, esto es, sin talares, porque madama Terpsícore, la más juguetona y revoltosa de todas las nueve, había ido poco antes a la cama, pasito a pasito, y se los había quitado por hacerle rabiar. Afligiose sobremanera, y a tientas se puso los gregüescos, la chupa y la camisa; porque es fama que el tal dios no puede dormir en verano si no depone todos los trastos, quedándose a la ligera, como su madre le parió.

Ya que se halló decente el correveidile de los dioses, salió en pernetas con su caduceo en la mano y en la cabeza el acostumbrado sombrerillo. Iba corriendo a averiguar la causa del alboroto; y al atravesar un corredor vio venir un burujón de gente que luego conoció ser de los de casa. Bernardo de Balbuena y el buen Ercilla conducían a Clío desmayada y casi moribunda, el peinado deshecho, el brial roto, y las narices hinchadas y sangrientas.

-¿Qué es esto? -dijo el dios al ver aquel lastimoso espectáculo-; ¿qué es esto?

-¿Qué ha de ser? -respondió Juan de la Cueva, que venía haciendo aire a la desmayada con un cuaderno de minuetes-; ¿qué ha de ser? sino que toda la comarca está en arma, el palacio lleno de enemigos, las musas cual más cual menos estropeadas, y Apolo, nuestro señor, muy a pique de quedar por puertas si duerme cuatro minutos más.”

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