A una bella

Yo no envidio tu breve cintura
Más flexible que palma gentil;
Ni tu dulce y graciosa sonrisa
Muy más grata que el aura de abril;

Ni tus largos y negros cabellos;
Ni tus lánguidos ojos de hurí
Ni tus párpados blancos y suaves
Cual las hojas del bello jazmín;

Ni tu seno que excede en blancura
A la nieve, y al terso marfil,
Ni tus dientes que sólo se pueden
Comparar con las perlas de Ofir;

Ni tu pie, ni tu mano divina,
Ni tus labios de vivo carmín…
Solo envidio… ¡tu alma de hielo!
Que ni sabe, ni puede sentir!

María Teresa VERDEJO Y DURÁN es una de las pocas poetas que se cuentan en el romanticismo español del siglo XIX. No destaca por demasiado, pero este poema en concreto, además de haberme gustado, es considerado un curioso precedente de la amada de Bécquer, la mujer hermosa, pero capaz de sentir amor.

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