Peter (VI)

-2

– ¡Mario, cuánto tiempo! ¿Sigue con su grupo?
– No, lo dejaron. Pero formó otro después.
– Interesante. ¿y qué tienes que proponerme?
– Un concierto… de su nuevo grupo. No sé cómo se llamaba, tampoco importa demasiado.
– ¿Cuándo?
– El sábado por la noche.
– Pues vale, espera que le pregunte a Pablo a ver si puede venir.
– Bien.
Alba tapó con la mano la parte inferior del auricular y gritó:
– PABLO, ¿TE VIENES A UN CONCIERTO DE UN ANTIGUO COMPAÑERO DE CLASE EL SÁBADO?
Pablo asomó por la puerta con el delantal manchado y las manos pringadas de harina. Hizo cara de pensárselo y luego preguntó:
– ¿A qué hora?
– ¿A qué hora?
– A las once empieza – respondió Peter desde el otro lado del auricular.
– A las once empieza.
– No puedo tan tarde, tengo guardia.
– ¡Vaya! Pablo no puede, pero cuenta conmigo.
Pablo hizo un mohín antes de desaparecer de nuevo.

-1

Mario estaba exactamente como lo recordada. Su pelo desgarbado le seguía dando un aspecto juvenil a pesar de que tenía diez años más que ella y Alba sintió al verle una sincera alegría y el recuerdo de la atracción que sentía por él cuando lo veía por los pasillos de la universidad. Aun tenía esas patillas tan sexys que Lorena adoraba. Hablaron un rato sobre cómo les iba la vida, pero al poco les dejó porque en breve empezaría el concierto, y se quedaron solos Peter y ella. Hablaban, como siempre, de temas absurdos y se reían por ello. Cuando acabó el concierto, Peter insistió en acompañarla a casa, así que fueron paseando hasta allí.
– Oye Alba ¿te parece que quedemos de vez en cuando? Como antes.
– Sí, claro ¿por qué no?
– Me gusta tu compañía, me caes bien, ya lo sabes.
– Sí, tú a mí también. Ya lo sabes.
– Sí.
Estaban llegando ya y Alba lo agradeció. Aquella conversación se estaba poniendo un poco incómoda. Intentó cambiar de tema.
– ¿Y cómo vas de amores? – mal tema, pensó en cuanto le salió por la boca.
– Mal, supongo.
– Bueno, no pasa nada. Piensa que ahora estás centrado en tu investigación. Pronto serás un doctor de reputado nombre.
– Eso me da igual – susurró.
– ¿Por qué lo haces, entonces?
– No lo sé.
Se hizo un silencio un poco incómodo entre ellos. Por suerte para Alba, habían llegado al portal de su casa.
– Bueno Pedro, adiós y gracias por llamarme. Me ha gustado ver a Mario y lo he pasado bien.
– Vale. Te llamaré.
– Eso espero.
Alba sonrió y se escabulló portal adentro. Una vez en su casa miró la puerta un momento antes de ir a cambiarse. No entendía nada.

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