La fuente de la edad

Debo confesar que el poema que subí ayer lo leí en un libro llamado La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez. De los libros que me he tenido que leer por obligación este año para la carrera, este es sin duda el que más me ha gustado. Si tenéis un rato y ganas de leer algo con un léxico muy enriquecedor, y una historia bien contada y divertida, os la recomiendo encarecidamente. Advierto, sin embargo, de que al principio cuesta meterse en él. Ahora bien, vale la pena.

Para muestra un botón ¿No dicen eso por ahí?

*************

Paco Bodes caminó por el campar, alejándose de sus soñolientos compañeros. Pacían las yeguas en un extremo, sin apenas moverse. El sol se aplacaba entre la brisa, dispuesto a ceder su fuersa, alineado en el descenso donde nacería la tarde. Bordeando la erguida muralla de la Peña se ocultó Paco Bodes en un recodo y, bajándose los pantalones, se dispuso a aliviarse.

– Esta es la única postura donde todos somos iguales – dijo alguien, no lejos de él.

Paco hizo intención de incorporarse.

– Quieto, mancebo, quieto, no te interrumpas, y dale al vientre lo que es del vientre, que lo mismo hago yo.

Sobre un saliente de la peña, a su derecha, estaba en cuclillas una anciana, desplegando su amplio faldamento, en la beatífica y resignada actitud de quien ya no tiene tiempo que robarle al tiempo.

– ¿Cómo que viniste tan lejos a posar la huella? – le preguntó.

Paco Bodes permanecía indeciso, a medio camino entre el sobresalto, el recato y la urgencia. La anciana llevaba colgado a la espalda un abultado fardel y fumaba un tosco cigarro con visible delectación.

– Por estas campas del Candín es difícil avistar el género humano – afirmó, rematando el gesto baldío de un esfuerzo.

Paco volvió a su postura, comprobando que ya le quedaban pocas probabilidades.

– Si eres tardo y perezoso voy a darte unas hierbas que te harán ligero y aplicado. Doradinas con panes de pajarín y flor de saúco. A mí ya no me entonan porque hay baterías que por mucho que quieras, ya no se cargan. Lo mío es aguantar y quedarme pasmada las horas muertas, con un buen cigarro de hoja de roble picada con candelas y milramas. Este es el vicio del esteñimiento. Otros peores hay en la vida, qué caray.

Paco decidió dar por terminado el intento. Se incorporó y se ajustó los pantalones.

– De todo lo que yo tengo vivido, mancebo – dijo la anciana expulsando unas perfectas arandelas de humo -, que son ya más de ochenta castañas, lo que pasé pensando es lo que a este menester corresponde, ni un minuto más ni un minuto menos. Y estoes moneda corriente en nuestra condición, pues somos dados a ir y venir, a no tener sosiego para hacernos una idea certera de nosotros mismos. De vieja el tiempo se te queda más quieto y, a lo mejor, hasta quieres pensar más de la cuenta, pero esa calma es el engaño del instante definitivo. No esperes encontrar en la vejez los mejores pensamientos, mancebo, lo que de ti no sepas ya no vas a saberlo, y si el ánimo te falla, cosa que yo no puedo decir, ahogarte de penas y temores, que de eso es de lo que de veras se muere uno cuando se tienen tantas castañas que ya ni hay conciencia para saber contarlas.

Paco Bodes observó a la anciana, que cabeceaba como reafirmando sus conclusiones, alzando el cigarro en su mano derecha. Tenían sus ojos un brillo oscuro y movía la brisa su blanca melena, desordenadamente sujeta con algunas horquillas.

– Todas las razones universales se resumen en dos – dijo abstraída – la del entendimiento que del alma viene, y la del placer que en el cuerpo mora, cuando le dejan la enfermedad y la fatiga.

Mantuvo el cigarro en los labios y, antes de escupirlo, se incorporó componiendo la falda y el retorcido mandil, que ocultaba una profunda faltriquera.

– Poco hicimos mancebo. Nunca más de lo necesario, y casi siempre menos de lo preciso.

Aseguró el abultado fardel a la espalda, después de recoger del saliente de la peña una cayada.

– Si bajas a Castrocandín, llevamos igual camino.

– Estoy aquí con unos amigos, señora. Andamos de excursión por estos parajes.

– Pues anda, enséñamelos, que conmigo vais a aprender por lo menos tanto como veáis. Estos parajes que dices, una vez que oscurece, no son buenos para quienes no lo conocen. El monte es un animal dormido que se despierta por la noche.

Paco Bodes vio como la anciana saltaba por la peña con rara agilidad.

– Te veía más joven desde allí – le dijo, al llegar a su lado -. ¿Estás soltero o ya te echaron la zarpa?

– Estoy solo en la vida – aseguró Paco.

– Pues ven esta noche a mi casa – susurró la anciana – que te preparo esas hierbas que te dije, y te muestro el prodigio de una moza triscadora.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s