Algunos pensamientos de Tyrion Lannister sobre un tal Petyr Baelish al que apodaron Meñique

Si alguna vez un hombre se había hecho una armadura de oro había sido Petyr Baelish, no Jaime Lannister. La famosa armadura de Jaime no era más que acero dorado, en cambio Meñique… Tyrion había descubierto unas cuantas cosas sobre el encantador Petyr. Cosas inquietantes.

Hacía diez años, Jon Arryn le había otorgado una sinecura menor en las aduanas, donde Lord Petyr pronto se distinguió al conseguir recaudar tres veces más que cualquier otro recaudador del rey. Robert gastaba a manos llenas. Un hombre como Petyr Baelish, capaz de frotar dos dragones de oro para que parieran un tercero, resultaba de un valor inmenso para su Mano. A los tres años de llegar a la corte ya era consejero de la moneda y miembro del Consejo Privado. En la actualidad, los ingresos de la corona eran diez veces más elevados que en tiempos de su agobiado predecesor… aunque las deudas de la corona también se habían incrementado. Petyr Baelish era un malabarista de primera.

Y también muy inteligente. No se limitaba a recaudar el oro y dejarlo en la cámara del tesoro, oh no. Pagaba las deudas del rey con promesas, y ponía el oro del rey a que rindiera. Compraba carromatos, tiendas, naves, casas… Compraba cereales cuando había cosechas abundantes, y vendía pan cuando empezaba a escasear. Compraba lana en el norte, lino en el sur y encajes en Lys. Almacenaba las telas, las movía, las teñía y las vendía. Los dragones de oro se apareaban y se multiplicaban. Meñique los prestaba y los recuperaba junto con sus crías.

Y, mientras tanto, también fue situando a hombres que le eran leales. Los cuatro Guardianes de las Llaves eran suyos. Él mismo había nombrado al Contador Real y al Balanza Real, y también a los oficiales al mando de las tres cecas. Nueve de cada diez capitanes de puerto, recaudadores de impuestos, agentes de aduanas, agentes textiles, cobradores, fabricantes de vinos… eran leales a Meñique. Se trataba de hombres en su mayoría de extracción popular: hijos de comerciantes, de señores menores, a veces incluso extranjeros… pero, a juzgar por los resultados que obtenían, mucho más capacitados que sus predecesores de noble cuna.

A nadie se le había ocurrido cuestionar los nombramientos, ¿para qué? Meñique no representaba una amenaza para nadie. Era un hombre avispado, sonriente, cordial, amigo de todos, siempre capaz de encontrar el oro que le pidieran el rey o su Mano, y al mismo tiempo de linaje poco elevado, poco más que un caballero errante. No, no había nada que temer de él. No podía llamar a sus vasallos, no tenía un ejército ni una gran fortaleza, sus posesiones eran irrelevantes, no tenía un matrimonio importante en perspectiva.

«Y pese a todo, ¿me atrevo a tocarlo? —se preguntó Tyrion—. ¿Aunque resulte
que es un traidor?» No estaba seguro de poder hacerlo, y menos en aquel momento, en
medio de la guerra. Con tiempo podría sustituir a los hombres de Meñique en posiciones
clave por otros que fueran leales a él, pero…
Resonaron gritos en el patio.

—Vaya. Su Alteza ha matado una liebre —observó Lord Baelish.

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