Ambiciones poéticas

No sabía escribir poéticamente. Nunca había sido especialmente buena con las palabras, pero insistía en leer y escribir. Leía todo cuanto se ponía a su alcance: de grandes escritores, de jóvenes amateurs, de futuros premios nobel u olvidados desconocidos, no discriminaba. Había leído algunos relatos de conocidos y se acomplejaba cuando veía aquellas figuras retóricas y aquellas filigranas en palabras provenientes de mentes cercanas que decoraban el texto y provocaban harto placer en el lector, sujeto sujeto a la subjetividad del narrador, que se dejaba llevar con fe ciega por las sendas de la opulencia lingüística, sin saber muy bien a dónde, pero disfrutando cada paso del cómo. Sabía que ella nunca conseguiría escribir algo como aquello, pero no cejaba en el intento de, algún día, quizá no del modo más elegante o del más emotivo, hacer algo digno de admiración y que sirviese de inspiración o complejo para otro joven aspirante a creador.

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