Liberación (III)

Las semanas se sucedieron sin problemas y poco a poco Marta y yo conseguimos hacernos algo parecido a amigas de Gal. Era muy extraño y reservado, pero tenía una faceta sarcástica que me gustaba. Además sabía bastante de muchas cosas y escribía muchísimo mejor que nadie del taller. Todos lo notaban y por eso todos lo odiaban, incluido Lapiedra quien se había declarado su más ácido crítico. Por otra parte, los relatos de Gal, a pesar de muy buenos, eran también depresivos, por lo que, en definitiva, Gal no tenía muy buena fama. Por suerte, el profesor Udoy no daba pie a que hubiera comentarios mordaces y problemas en clase por eso. Quedó claro desde muy pronto que era un gran profesor, aunque muchas veces era aburrido porque se notaba que estaba cansado de casi todo.
– ¿No tienes clase? – me preguntó un día que me vio por el jardín de la facultad holgazaneando.
– No me apetecía ir. ¿Y usted, profesor?
– No me hables de usted. No soy tan viejo…
Me disculpé pensando que un poco sí.
– He leído tu último relato. Has mejorado mucho.
– ¿En serio?
– Sí, me gusta la forma en que plasmas que la niña se va enterando de todo, a pesar de que nadie es del todo sincero con ella. Tiene una gran sensibilidad.
Una gran sonrisa invadió mi rostro y él me respondió con otra.
– Oye, no es asunto mío, pero… la niña… ¿Eras tú?
– Sí, bueno… – Estábamos tocando un tema resbaladizo – Más o menos.
Él asintió comprendiendo.
– ¿Cuántos años tenías?
– Once.
– Lo siento. Nadie debería perder a un padre tan pronto.
– Sí, ya… gracias.
– ¿Quieres tomar un café?
Yo dudé, pues nunca antes un profesor me había invitado a tomar un café, por mucho que alguna que otra vez lo hubiese deseado. Finalmente accedí porque supuse que no tenía tanta importancia, pero enseguida me di cuenta de que me costaba estar cómoda tomando algo con un profesor que acababa de darme el pésame. Además, la cafetería de la facultad era un lugar bastante bullicioso. Me preguntó por mi familia, así que luego yo le pregunté por la suya. Me dijo que estaba casado.
– ¿Cómo se llama?
– Laura.
– ¿Y lleváis mucho tiempo juntos?
– Pues en realidad sí. Ya van a ser cuatro años.
– ¿Eso es mucho tiempo?
– Sí, bueno…
– Entiendo.
Él me miró extrañado, acaso ofendido.
– ¿Qué entiendes? Estás pensando algo malo de mí.
– No, no, en absoluto… ¿Qué tienes? ¿Cuarenta y tantos? Pareces de los que se casan tarde…
Conforme solté aquello me acordé de que era mi profesor y de que debía cortarme. Él, sin embargo, no se mostró molesto. Más bien sonreía.
– ¡No tengo cuarenta y tantos!
– ¿Ah, no? ¿Y cuántos tienes?
Se rió y cambió de tema, diciendo que de lo que quería hablar conmigo realmente era de Gal.
– ¿Qué sabes de Galo Nájera?
– ¿Qué quiere saber de él?
– ¡Oh! Hemos vuelto al usted… – dijo riendo – El caso es que en su ficha pone un teléfono al que he llamado y dice que no existe. Quiero pensar que se lo ha quitado recientemente. Lleva tiempo sin venir a clase y… bueno, quería hablar con él.
– Pues no sé dónde vive ni tengo su número, pero yo no me preocuparía, ¿sabes? Ya ha faltado otras veces y luego… pues aparece por clase como si nada. – Me encogí de hombros llegando a una conclusión triste. – La verdad es que nadie sabe mucho de él.
– Pero yo creía que erais amigos. Siempre os veo a Marta Roig y a ti con él y creí…
– Sí, pero nunca me ha dado su número de teléfono. Él tiene el nuestro y, si quiere, contacta con nosotras… y ya está.
– Vaya.
– ¿Es algo importante?
– En realidad no, no te preocupes. Tendré que esperar a que dé señales de vida.
– Sí, supongo que no tardará.
– Bueno, pues me voy, tengo clase…

Después de aquella, aún coincidí en varias ocasiones con Julio (el profesor Udoy) y nos llevábamos bien. Teníamos una relación muy cordial, con cierto toque paternal, añadiría yo. Me gustaba. Por su parte, Gal terminó apareciendo y siguió igual de misterioso que siempre, si bien se iba abriendo poco a poco cada vez más a Marta y a mí.

Un día como otro cualquiera, viernes creo que fue, me dio por escribir de nuevo. Y me dio de tal manera que estuve todo el fin de semana y parte del lunes escribiendo sin parar. Por fin había tenido las ganas de terminar aquello que había empezado antes del verano y cuando lo terminé y releí rápidamente, no me pareció tan malo. Más bien me parecía una historia divertida, así que, después de repasarla fugazmente, la imprimí para llevársela a Gal. Me dijo que lo leería y que ya me diría algo. Yo no sé qué pretendía exactamente dándoselo a leer. Supongo que pretendía oír de la boca de un genio que yo era buena.

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