Liberación (V)

De camino al hotel, y para mi total desconcierto, vi a Gal paseando por la calle solo, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja, como quien anda abstraído en sus profundos e importantísimos pensamientos. Después de llamarlo repetidas veces se giró y finalmente se subió al taxi conmigo. Le pregunté que a donde iba con el frío que hacía por ahí solo y me dijo que al hotel. No había ido a la fiesta. Luego me dijo que había estado hablando con Julio. Cuando lo dijo caí en la cuenta de que había dejado de ver al profesor muy pronto, prácticamente al acabar la ponencia. No parecía que Gal fuese a decirme mucho más así que cambié de tema. Le pregunté si había leído mi libro.
– Sí.
– ¿Sí? ¿Y qué?
Le miré expectante, pero solo dijo que estaba bien. Cuando insistí, añadió:
– No sé, no está mal, pero no me gusta que seas tan pesada con cómo se siente la narradora-protagonista… Y aunque es cierto que has encontrado un modo bastante original de contarlo, la historia es bastante común… Otro problema es que a veces das muchos rodeos… Y el final no me gusta.
Yo escuchaba cada palabra suya decepcionada y molesta.
– ¿No te gusta?
– No, demasiado feliz.
– ¿Feliz?
– Sí, de cuento.
– Gal, casi todos tus relatos acaban en muerte. Que los protagonistas de mi historia acaben vivos no significa un final feliz. De hecho, la protagonista-narradora no termina con el hombre que ama – expuse emocionada.
– Pues será eso…
Hubo un silencio absurdo e incómodo, tras lo que él agregó.
– Si no te parece bien lo que te digo ¿para qué preguntas?
– Es que no sabía que ibas a ser tan brusco.
– No he sido tan brusco.
– No, claro.
– Si por brusco entiendes sincero, no vamos a ningún lado. Porque brusco habría sido decirte que el libro me parece bastante malo.
– O sea que el libro te parece bastante malo.
– No, sólo ejemplifico lo que habría sido brusco, incluso falto de decoro, para evitar malentendidos.
– ¿Me estás diciendo que el libro es una mierda y no me lo dices por decoro?
– No, eso es precisamente la clase de malentendidos que quería evitar.
Cogió la mochila que llevaba desde Valencia y que no le había visto soltar en ningún momento y de dentro sacó un taco de hojas que, enseguida comprobé, era mi libro. Empezó a buscar, entresacó y comenzó a leer de una hoja.
– El libro no es una mierda. Hay partes muy buenas como esta, pero que haya trozos muy buenos, no significa que sea una obra buena en su totalidad. En general, diría yo, hay que depurarlo bastante.
Durante el resto del trayecto hasta el hotel no dije nada. Me limité a sostener con fuerza el taco de hojas que me había sido devuelto. No nos dijimos nada en el recibidor ni en el ascensor mientras subíamos a nuestra planta. Solo cuando fui a meterme en mi habitación le deseé buenas noches con un tono seco y él me las deseó también.
Todavía pensaba lo sucedido con Gal cuando Marta llegó, contenta y beoda. Al verme en un estado de absorción tan pronunciado no pudo evitar compadecerse de mí y comenzó a sacar todas las botellitas del minibar. “Es imperante la necesidad de animarte”, me dijo. Con esas palabras. Por eso empezamos a beber mientras yo le contaba mis penas y ella jugaba al baloncesto con los botellines vacíos y la papelera sin mucho éxito. Entonces, y sin venir a cuento, Marta dijo:
– Yo creo que es gay.
– ¿Qué? ¿Quién?
– ¡Gal!
– No, no lo creo.
– ¿Ah, no?
Marta se levantó y, tratando de no tropezar con el campo de minas de minibar que había dejado por toda la habitación, salió de allí sin más explicaciones. Yo la seguí con cierta dificultad sorteando el terreno hasta legar al final del pasillo, donde comenzó a llamar insistentemente a la puerta haciendo caso omiso de mis intentos por que parase. De pronto la puerta se abrió y vimos en el umbral un desconcertado Gal que nos miraba en silencio. Sin decir nada Marta se abalanzó para besarlo, mientras yo intentaba en vano aguantarme la risa. Cuando Marta dejó respirar a Gal, este preguntó tranquilo si sabíamos la hora que era. Entonces, tras dirigirnos una mirada reprochadora, primero a mí, luego a Marta, preguntó:
– ¿Estáis borrachas?
Negamos con la cabeza, mientras la risa tonta que se apoderó de nosotras nos desmentía y volvió a echarnos la bronca sobre la hora.
– A las nueve hay que estar abajo. Deberíais dormir un poco.
Y cerró la puerta. Marta y yo nos miramos extrañadas ¿Él no dormía?
– Definitivamente es muy raro… y gay – sentenció ella al fin encabezando el regreso a la habitación.

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