Liberación (VII)

Fuimos a una cafetería a un par de manzanas del hotel y pedí mi desayuno con cierto sentimiento de culpa aún. Entonces Julio me pidió el libro y yo se lo dejé con ciertas reticencias. No quería que viese la mierda que había escrito. Él le quitó importancia y comenzó a leer sin más. Yo estaba nerviosa, por supuesto. Pasaron dos minutos, después de los cuales dejó de leer, tomó un sorbo de café y me dijo:
– Ya te diré algo.
Asentí en silencio y bebí de mi leche.
– Cuando me han llamado esta mañana a las ocho y algo desde la comisaría me han asustado.
– Lo siento… y gracias por venir.
– Estoy para eso, aunque no debería ser necesario.
Comenzó a beber otro sorbo y enseguida dejó la taza en la mesa mirándome reprobador.
– ¿Pero y si en vez de con un policía te topas con alguien peligroso? – No supe si había más exasperación o preocupación en su voz. – El problema es que confío en vosotros y…
– ¡No confías en nosotros, te desentiendes de nosotros! – repliqué automáticamente.
– ¡Porque sois casi adultos!
Asentí mansamente mordiéndome la lengua. Después de un momento en silencio, Julio preguntó:
– Por cierto ¿Qué tal ayer la fiesta?
Con la cabeza gacha me encogí de hombros.
– Salvo el rato que tuve que aguantar a carcamales asesinos de mujeres…
– ¿Bernardo Ruiz?
Sonreí tímidamente, él también lo hizo.
Cuando salimos de la cafetería lo seguí un rato sin decir nada, hasta que me di cuenta de que no íbamos al edificio de conferencias.
– ¿No vamos al congreso?
– No sé para qué.
– ¿Y a dónde vamos?
– A ver a mi hija. No pienso perder el día porque a ti te haya dado por romper el orden público.
– ¿Tienes una hija?
– Sí, y una exmujer.
– ¿Y cómo se llama?
– Carla.
– ¿Y tu hija?
– Carla es mi hija. Su madre se llama Maite.
– ¿Tienes mucho trato con ellas?
– Nos vemos siempre que vengo a Barcelona.
– ¿Y eso es muy a menudo?
Me lanzó una mirada letal y comprendí que me estaba excediendo.
– Perdón, me callo ya.
Andamos otro rato en silencio y entonces llegamos a un edificio más bajo y antiguo que los circundantes.
– Aquí es. Cállate ¿de acuerdo?
Nos abrió la puerta una chica de unos treinta y pocos años, muy guapa y jovial que nos recibió con una sonrisa radiante.
– Maite, esta es Alba Cortés, una alumna – informó Julio conforme atravesaba el umbral con plena confianza. Maite me miró con curiosidad.
– ¿Una alumna? ¿Y viene contigo?
– Se ha metido en un lío y he tenido que ir a por ella a comisaría.
El expresivo rostro de la mujer plasmó un curioso gesto de sorpresa.
– Fue un malentendido, yo sólo intentaba quemar…
– Déjalo – me cortó ella y me hizo pasar –, no hace falta.
Era una casa muy amplia, con un largo pasillo, cuyas paredes estaban todas recubiertas de estanterías llenas de libros. Intentando no pararme a mirar los libros, fui hacia el fondo, donde estaba Julio. El comedor era muy luminoso y agradable. En ese momento una niña de unos cinco años entró en la habitación. Parecía una muñequita por cómo iba vestida y corría muy graciosamente. Julio fue directo a ella y la cogió con ternura. Comenzó a auparla y hacerle tonterías de padre y yo lo miraba el espectáculo embobada desde la puerta. Nunca me hubiera imaginado aquella faceta en él. Maite me trajo un refresco y me dejó a mi aire mientras hablaba con Julio. Entonces fui a cotillear por el pasillo y a repasar títulos de libros. Había algunos interesantes, muchos de psicología y me detuve al ver uno titulado El lazo rojo cuyo autor era ¡Julio Udoy! Inmediatamente cogí el libro y comencé a leerlo. Era muy interesante y al cabo de pocas hojas ya estaba totalmente atrapada. No sé seguro cuánto tiempo estuve allí de pie leyendo, pero de repente una mano me rodeó la nuca y me sacó de mi ensimismamiento.
– Nos vamos, deja eso.
– ¡Has escrito un libro!
– No leas tanta basura o se te pudrirá el cerebro.
– Llévatelo si quieres – dijo Maite desde detrás. Yo le sonreí.
– No, no importa.
– Claro que importa, así tendrás otra razón para idealizarlo.
Julio puso los ojos en blanco, me quitó el libro de las manos para dejarlo en su sitio y me empujó hacia la puerta.
– Un placer, Maite.
– Sí, cuídate encanto. Y que no te vuelva a pillar la policía.
Cuando bajamos a la calle empecé a exaltar a la hija de Julio y luego fui al punto que me interesaba.
– No sabía que hubieses escrito un libro.
– He escrito muchos.
– Ya, pero me refiero a uno de esos que gustan a más gente. Sé que has escrito muchos ensayos.
– Porque es lo que de verdad me gusta.
– Pues yo no he podido terminar ni uno, en cambio El lazo rojo me parece de lo más apasionante. ¿Cuándo lo escribiste?
– Hace mucho tiempo.
– ¿Cinco, diez años?
– Más o menos.
– ¿Y por qué no escribes otra vez algo como eso?
– No lo sé.
– ¿Fue René quien publicó tu libro?
– Sí.
– Así que por eso sois amigos.
– Por eso nos conocemos, somos amigos por otras cosas.
– ¿Te ha presionado para que escribas algo otra vez?
Julio me miró con cara de empezar a estar cansado, pero yo seguí.
– ¿Y cuántos años tienes realmente?
– Oye, en serio, deja de preguntarme cosas así. Hablemos de literatura. Soy tu profesor, pregunta algo sobre la materia, pero no me agobies con otras cosas.
Yo lo miré en silencio, amedrentada, a la espera de más reprimenda, y él no pudo evitar sonreír.
– Vamos a comer.
Pero antes pasé por una librería y compré su libro a pesar de sus intentos por evitarlo.
De regreso al hotel todos me esperaban. Estaban al corriente de mi paso por la comisaría y fui el centro de atención por un rato. Sin embargo, no duró mucho porque enseguida llegó Lapiedra alardeando de que había hablado muy seriamente con Carlos Ruiz-Zafón sobre cualquier idiotez pseudoliteraria. Marta, por su parte, esperó a que estuviésemos solas para que le contase cada detalle, pero no le conté sino la versión oficial que ya me hartaba a mí misma. Gal no me dijo nada ni se me acercó. Tan solo me observó un rato desde una distancia prudencial.

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