Liberación (VIII)

Muy rápido subo la entrada que debía haber subido ayer y que no por una razón importantísima y óptima para la salud: ¡no tenía internet! Y señores, ¿saben qué? ¡viví estupendamente! Sí, como lo cuento.

En fin, aquí va un nuevo y breve fragmento de Liberación, que quiero contar cosas más importantes en próximas entradas.

****

Por la noche hubo fiesta nuevamente. Marta, unas chicas de Andalucía que también estaban en el hotel y yo nos fuimos a un local más cercano a una discoteca que a una residencia de ancianos. Aguanté solo media hora. Marta no quería entender que yo quería largarme de allí y, cuando por fin lo hizo, se negó a acompañarme. Al salir a la calle para buscar un taxi que me llevase al hotel me encontré con Gal, que venía directo hacia mí. Se acercaba a paso ligero y determinado, e inconscientemente me puse a la defensiva.
– ¿Estás enfadada?
– Como tú comprenderás, sí.
– Pues no, no comprendo. ¿Fue por lo que te dije del libro?
– ¿Por qué si no?
– ¿Y eso de que te han detenido mientras intentabas quemarlo? ¿Es que estás loca?
– Ahora resulta que no puedo hacer alguna tontería de vez en cuando.
– Así lo explicas: una tontería.
– ¡Sí!
– ¿Por qué no te tranquilizas un poco y hablamos tranquilamente? Estamos armando espectáculo.
Eché una rápida ojeada a mi alrededor y vi, en efecto, que todo el mundo nos miraba curiosamente. Aquello no me gustó nada y empecé a caminar para alejarme de allí. Gal me siguió.
– Mira, lo siento. Quizá me pasé un poco, pero tampoco era para que lo quemases.
– ¿Quién dice que lo he quemado?
– ¿Pero no te habían arrestado por eso?
– ¡No! Me han arrestado por intentarlo. Ni siquiera llegué a quemar la tercera hoja.
Él se empezó a reír sin previo aviso, lo cual tampoco me hizo ninguna gracia, y aligeré el paso. Gal me cogió del brazo suavemente y yo, que llevaba unos tacones demasiado altos e inusuales en mí, tropecé y caí. Él siguió riendo sin remedio y yo iba a empezar a hacerlo por lo absurdo que era todo cuando me di cuenta, horrorizada, de que no podía incorporarme sobre el pie derecho. Me lo había doblado y me dolía muchísimo. Entonces Gal me ayudó a incorporarme y, después de ayudarme a subir a un taxi, me acompañó al hospital más cercano.
– ¿Quién se cae caminando?
– Andar con tacones no es fácil ¿sabes?
– Pero por mucho tacón que lleves… hay que ser muy torpe para caerte así y doblarte el pie.
– ¡No ayudas una mierda! Y si tan convencido estás de eso, como de todo lo demás, ¿por qué no pruebas a ponerte unos tacones y caminas un poco?
– Caray, cómo te pones por una broma. Y yo sólo quería disculparme por lo de ayer.
– Pues hazlo y ya te podrás ir tranquilo.
– Sabes que no voy a irme y dejarte sola en esta sala de espera llena de gente deprimente.
– ¡Gracias! Qué gentil…
Me miró un momento y viendo que mi ceño estaba ligeramente fruncido, prefirió no decir nada más. Durante unos minutos observamos en silencio a una señora mayor que teníamos enfrente y que respiraba el oxígeno proveniente de una bombona. De pronto Gal se levantó.
– Voy a ver si localizo a Julio. Debería saber que estamos aquí.
Asentí en silencio y lo vi marchar. Mientras esperaba a que regresase, me entretuve dilucidando quién en aquella sala parecía estar peor, pero antes de llegar a una conclusión, Gal volvió con algo de comida y comenzamos a charlar distendidamente. La noche avanzaba y la gente seguía llegando. Pocos se iban y yo todavía esperaba los resultados de mis radiografías cuando llegaron Julio y René.

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