Liberación (IX)

– ¿Es que querías probar todos los organismos sociales posibles en un fin de semana?
René estaba muy alegre y no paraba de bromear conmigo y con mi suerte, mientras que Julio me miraba serio y callado. Gal les explicó lo sucedido y René estuvo riéndose un rato largo. Decía no sé qué de los tacones y yo intentaba ignorarlo para no sentirme peor. Poco a poco, Julio se fue relajando; René, en cambio, seguía a lo suyo:
– Parecía modosita la niña y en dos días te has emborrachado, te han detenido por vandalismo y estás en el hospital…
– Sí, se ha lucido… y aun queda mañana – añadió Julio.
– ¿Mañana? Dirás hoy. Son casi las tres, mañana es hoy.
– Sí, ya…
– Por cierto ¿has llamado a Laura?
Con aquella simple e inesperada pregunta el semblante de Julio se ensombreció por completo.
– ¿Crees que este es el momento?
– Es tan bueno como cualquier otro.
– Me refiero para hablar de eso.
– ¿Por qué no?
– ¿Y por qué sí?
– Mira, yo creo que tienes un grave problema de comunicación. Seguramente por eso tienes tantos problemas.
– ¿Pero qué…?
– Realmente te lo has montado bastante mal con todo.
René parecía haber olvidado dónde estábamos y que Gal y yo estábamos presentes. O quizá no lo había olvidado, pero la embriaguez aún le duraba. Julio no pareció contento con la situación.
– Oye, vete al cuerno ¿quieres? Anteayer perdí una esposa.
Aquella era la primera noticia que yo tenía de que la esposa de Julio le hubiese dejado, y llamó mi atención soberanamente. Yo los miraba suspendida, intentando seguir su conversación sin sentido, mientras el tono de ambos interlocutores iba subiendo.
– Y de eso hablamos… Pero no te preocupes, encontrarás otra, será joven, hermosa… como siempre.
– Muy gracioso, René, ¿quieres que hablemos de por qué Gabi te dejó?
– Eso es otro tema.
– No, ese tema es tan válido como cualquier otro.
– Oh, ya entiendo…
– La cuestión es que tú le habías puesto los cuernos.
– ¿Perdona?
– Y ella, que no era tonta… aunque tampoco es que tú fueras muy discreto…
– ¡Eso no es cierto! ¿Con quién le puse yo os cuernos?
Gal y yo nos miramos atónitos. La conversación había derivado en un culebrón interesantísimo.
– Con la mulata aquella de la convención de economía oriental.
– ¿Ah sí?
¿Qué demonios hacían dos hombres de letras en una convención de economía oriental. Pero antes de poder preguntarles, pasaron tema más morboso.
– Sí, aquella tan despampanante.
– ¡Ah sí! –recordó René con media sonrisa – Giselle… pero no, no llegó a cuernos.
– ¿No?
– ¡No! Me tuve que marchar porque a Lionel Heigh le dio un infarto y el lugar se llenó de policía y prensa.
– Ah, lo recuerdo, sucedió mientras estaba acompañado de una prostituta.
– ¡Sí! – reafirmó René riendo.
– ¿Murió? – pregunté con voz débil.
– Claro que sí, tenía ochenta y seis años y su corazón no soportó el acelerón. – contestó René de carrerilla sin llegar a dirigirme la vista.
– Qué fuerte – murmuré.
– No te preocupes, era un estúpido sin escrúpulos, pero era el socio mayoritario de una empresa internacional y multimillonaria y su muerte dio mucho que hablar.
– El caso es – intervino Julio – que tú también estabas en faena con la mulata.
– Que no, que te equivocas…
– Ya bueno, a mí me da igual. Pero Gabi se fue y con razón.
– ¿Y me puedes decir por qué volvemos al pasado?
– Lo has hecho tú al sacar lo mío.
– Pero lo tuyo es reciente. Laura te dejó anteayer. Y si te importa lo más mínimo deberías mostrar algún sentimiento al respecto.
– ¡Bueno, vale ya! No creo que sea un tema que haya que tratar delante de dos alumnos.
Al sacar a colación, por fin, aquel pequeño detalle, yo asentí totalmente conforme.
– Es mejor desahogarse, amigo. De lo contrario te volverás loco… tanta ira, tanta rabia reprimida no tiene que ser buena – insistió René.
– Sí, lo vi en una película – añadí yo sin poder evitarlo. – Un tipo resentido con todo coge un día un arma y comienza a matar gente.
– No creo que sea lo mismo – terció Gal – aunque sería interesante verlo.
– ¿Que no es lo mismo? ¿No viste Star Wars? La ira lleva al odio, el odio al sufrimiento y el sufrimiento al lado oscuro.
– ¿Pero qué clase de friki eres? – preguntó René divertido volviendo a mirarme maravillado.
– Una friki desequilibrada y con un serio problema de personalidad.
Julio lo soltó de repente y para sí, pero todos lo habíamos oído y le miramos perplejos.
– ¿Desequilibrada? ¿de qué vas? Yo no tengo problemas de ningún tipo ¡y menos de eso!
– No claro, por eso no quemas un libro cuando recibes mala crítica y luego me toca ir a recogerte a comisaría, ni comienzas a ligar con viejos cronistas de sus asesinatos, y después con editores Casanova. Tampoco eres tan torpe como para hacerte un esguince y…
– ¡Eh, eh, eh! ¿Qué ha pasado aquí? Esto está yéndose por la tangente – interrumpió René –. El problema era que tú estabas jodido porque tu mujer te había dejado. A no ser que eso no te joda tanto como que tu alumna…
René no acabó la frase. Yo los miraba confundida, ya que todo se había complicado en el momento en que yo había entrado en aquella ecuación.
– María del Alba Cortés acuda a traumatología. María del Alba Cortés acuda a traumatología.
René y Gal me ayudaron a llegar a trauma mientras Julio nos seguía de cerca. Todos íbamos en silencio hasta que yo no pude callarme más.
– Andar con tacones no es fácil.
– ¡No he dicho nada! – saltó Gal.
René empezó a carcajearse de nuevo justo cuando entrábamos en la consulta. Una gran enfermera se acercó a nosotros con una expresión radiante y antes de atenderme nos rogó silencio de un modo extrañamente cordial.
Una vez estuve tumbada en la camilla boca abajo – sensación que no me gustaba nada dado el público que tenía – René preguntó:
– ¬¿Así que te llamas María del Alba?
– Cállate – cortó Julio.
– ¿Y por qué me tengo que callar?
La enfermera intentaba hacer su trabajo e ignorarnos, pero yo podía sentir cómo se iba poniendo tensa conforme avanzaba el calor de la escayola en mi pierna y mi vergüenza aumentaba.
– No tienes por qué mandarme callar.
– Es que siempre que hablas lo haces fuera de lugar.
– ¿Porque tú lo digas?
Parecían críos. Era exasperante.
– No, porque no dejas a la mujer hacer su trabajo.
– René… – susurré.
– No, no, no ¿has caído en la cuenta de que tú tampoco la dejas trabajar?
– ¿Yo, por qué?
– Julio… – me sentía sumamente ignorada.
– Porque tú tampoco te callas… En serio, eres intratable: un maldito abuelo gruñón.
– René… – deseaba fervientemente que se callaran de una vez.
– Habló el eterno adolescente.
– De eterno adolescente nada, escritorcillo…
– ¡Por favor! – mi tono de voz reflejaba, claramente, mi desesperación. La enfermera se levantó entonces, con su corpulenta e imponente presencia y, sin dejar de sonreír, con un rictus escalofriante, susurró:
– ¿Quieren esperar fuera? Y hagan el favor de callarse, esto es un hospital.
Su tono de voz, aunque bajo, era tan amenazador que no necesitó repetirlo. Acto seguido, acabó de enyesarme en silencio y salí a la pata coja al pasillo en busca de apoyo que René y Gal me prestaron enseguida. Con ellos como muletas conseguí llegar al taxi que nos llevó al hotel. No aguanté despierta.

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