Liberación (Final – al fin)

Desperté en mi habitación del hotel. Eran las diez de la mañana, me dijo Marta. Ella había preferido quedarse conmigo a ir al congreso. Bajamos a desayunar. Quedaban restos de un suculento bufé libre y sólo otra pareja en el comedor. Cuando terminamos, fuimos a una sala de estar que había en la primera plante y jugamos un rato a una de las consolas que había para los clientes. Luego Marta se puso a ver una película y yo me sumergí en El lazo rojo. Para la hora de comer había leído más de la mitad. Me fascinaba todo de aquel libro, la historia, la narración, la estructura de los personajes… Era sencillamente mágico.
A las dos regresaron todos del congreso y se interesaron por mí lo necesario para enterarse de lo que me había ocurrido, pero enseguida siguieron con sus historias de autores famosos.
Comimos y luego desalojamos las habitaciones; inmediatamente después de la clausura del congreso iríamos directamente a la estación. Mientras esperábamos todos en el recibidor a que Julio liquidase la cuenta, me quedé mirándole absorta hasta que se giró de pronto con cara de enfado.
– ¿Quién estaba en la 4005?
Marta y yo nos miramos en silencio temiendo lo peor. Tímidamente levantamos la mano y Julio nos hizo acercarnos.
– Vosotras hicisteis una fiestecita la otra noche, ¿no? ¿Sabéis a cuánto asciende la bromita del minibar?
Esperamos la respuesta dóciles.
– ¡Doce euros la botellita! Así que ya estáis soltando el dinero.
Vaciamos nuestros monederos y sólo llegamos a cubrir la mitad del importe. Julio puso el resto considerablemente molesto. Cuando el imbécil de Lapiedra empezó a burlarse de nosotras, René me contuvo de hacer o decir alguna insensatez confesándome que el pedante de Lapiedra estaba resentido porque no le iba a publicar su libro. Yo no sabía ni que aquel imbécil hubiese escrito un libro. Pero más perpleja me dejó cuando me dijo que, en cambio, a Gal si le publicaría. Un gran sentimiento de alegría por él me invadió, pero también cierto chispazo de envidia.
Estando en la estación me puse a mirar el techo, intentando no pensar en nada. Necesitaba que mi cerebro vagueara a sus anchas o, visto de otro modo, se culturizase a mi manera. De pronto Julio se me acercó.
– En Valencia te pagaré lo que falta, lo sé – le dije.
– No es eso, pero también lo espero.
– ¿Y qué es?
– Ayer leí un trozo de tu libro… no lo he acabado, me dormí.
– ¿Tan bueno es? – pregunté irónica.
– ¡Alba! ¿Sabes lo poco que he dormido? ¿Y sabes la razón?
– Sí, lo siento… ¿y qué?
– Pues en general, y siento decírtelo, el libro es bastante malo, aunque tiene puntos muy buenos y aprovechables. Sin embargo, aún me falta por leer bastante y ya creo adivinar el final.
– Oh, gracias…
– Otra cosa… Lo de ayer…
– Sé que lo de tu mujer no es asunto mío…
– Sí, no es asunto tuyo.
– Vale.
– Mira, tú eres una chica muy ingenua, muy inocente. No quiero que pierdas eso. ¿De acuerdo?
Tardé un poco en asimilar lo que me decía, finalmente di las gracias y ya iba a marcharse, cuando…
– ¡Julio! El lazo rojo… ya lo he acabado. Me ha gustado mucho… – Él asintió pero no dijo nada. – ¿Por qué no escribes algo así otra vez?
Él desvió la mirada un momento antes de responder.
– Los libros… no significan nada para casi nadie… Ahora no.
Y se dio la vuelta. Yo lo miré alejarse con una sensación de incertidumbre que me molestaba. Me sentía ultrajada. ¿Un profesor de literatura que no creía en ella?

De vuelta

Una vez en Valencia, todos nos despedimos y cada uno se fue por su lado. A mis compañeros y a Julio los volvería a ver terminadas las vacaciones navideñas. Pero no a René. Se me acercó sonriente.
– Encanto, si alguna vez escribes algo bueno, habla con Julio y quizá coincidamos de nuevo.
Sonreí sin saber cómo tomarme aquello. Me dio un beso en la mejilla – como un perfecto caballero – y se despidió formalmente de los demás. Cuando ya me disponía a irme a casa, Julio me llamó de nuevo y me extendió mi fardo.
– ¿Crees que podrás escribir algo mejor?
Me encogí de hombros.
– ¿Tú qué crees?
– Que para eso tendrías que dejar de ser tan inocente.
Yo cogí el taco de hojas y lo miré. Saqué de mi bolsillo un mechero y sonreí.
– ¿Y no puede haber punto medio?
Él sonrió también adivinando mis intenciones, cogió el taco para que yo anduviese con mis muletas y me acompañó hacia una salida trasera de la estación que daba a un aparcamiento semivacío. Con cierta dificultad, me arrodillé en el suelo y cogiendo mi libro de las manos de Julio, alcé el mechero. Entonces, sin pensarlo más, le prendí fuego y, en breve, este devoró la tinta, las hojas, todo. Yo lo contemplé contenta y cuando por fin me levanté vi que detrás de mí me observaban, no sólo Julio, sino también Marta, Gal y René, que me secundaban en aquella extraña expiación. Suspiré liberada.
– Vámonos a casa.

Anabel PRIETO

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