Bum, bum, bum

El cielo era azul, el tiempo muy cálido, era un día perfecto para estar tirada en la playa haciendo nada, pero en su lugar tenía que estar corriendo de oficina en oficina, de funcionario público en funcionario público porque al parecer había algún problema con uno de los documentos de su solicitud que no estaban del todo claros, pero que nadie parecía capaz de aclarar y mucho menos solucionar, y que podía suponer la completa imposibilidad de hacer el viaje el lunes siguiente.

Su corazón latía a toda marcha, corriendo como iba de un edificio a otro. Además, por alguna extraña razón, parecía haber más gente que de normal en la calle y no paraba de chocarse con ellos y de sufrir imprecaciones de toda clase. Mas ella seguía sin prestarles atención, seguía porque el tiempo pasaba y debía ir del catastro al paro, del paro a hacienda, de hacienda a la seguridad social, de la seguridad social al catastro de nuevo y todo era tan absurdo y confuso que no podía hacer nada más que gritar frustrada al funcionario de turno y acatar impotente el siguiente destino que le pusieran. Y su corazón – bum, bum, bum – le iba a explotar, se le iba a salir del pecho, pero debía seguir.

Ella no corría en su vida. Nada como hacer papeles para obligarte a hacer deporte.

Bum, bum, bum.

Ya no oía las estúpidas instrucciones del estúpido funcionario de turno que le miraba impasible desde detrás de su escritorio. Solo oía el bum, bum, bum.

Se había dicho que no les dejaría que acabasen con ella y sus esperanzas de irse de ese país y escaparse a su cruel destino. Pero el bum, bum, bum era tan fuerte… le retumbaba en los oídos de tal manera, que tuvo que pararse un momento a respirar.

Y entonces un diminuto pi-pi le hizo dirigir la mirada a su reloj Casio digital y desear gritar con todas sus fuerzas o llorar o ambas cosas o tirarse al suelo o comenzar a dar patadas a todo de una manera compulsiva: eran las 14 horas… Las 14 horas y a ella no le había dado tiempo de arreglar la estúpida irregularidad que los funcionarios afirmaban que había en su expediente, aun sin poder confirmar de qué se trataba. La administración había podido con ella.

Viernes por la tarde. Tenía el vuelo el lunes por la mañana…

Bum, bum, bum.

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Anabel PRIETO

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