Reflexiones de final de verano

No sé si se debe a que ya tengo una edad o qué pero este verano es el que mejor estoy ocupando mi tiempo, sin duda: duermo exactamente lo que tengo que dormir, y fuera de las salidas mínimas que todo humano debe de hacer para no caer en la desesperación del aislamiento, estudio, leo, veo cine y limpio y ordeno mi casa, llegando incluso a disfrutar en el proceso.

Tengo que tener cuidado porque eso suena casi a prototipo de joven adulta americana de película vespertina, que cuenta unos treinta años, vive sola y ve Sexo en Nueva York las noches de los jueves para ir poniéndose a tono y motivándose a ser una mujer pseudoindependiente que, como las protagonistas de esa serie, en el fondo busca desesperadamente un hombre con el que compartir su tiempo y gastos. Esa no soy yo, pero quién sabe si podría llegar a serlo algún día, sobre todo si termino yéndome a los Estados Unidos donde se vende un sueño que lleva muerto años – si es que llegó a vivir más allá de los primeros colonos.

El caso es que el otro día me escandalicé cuando una muy buena amiga mía sorprendió a todos compartiendo en su estado de Facebook que quería que acabase el verano. Y yo, que hace años que disfruto las fiestas estivales pero sin especial pasión, me sorprendí a mí misma contestándole que no hacía falta de un modo bastante entusiasta. ¿Qué me pasa? ¿Me aferro a una postrera y trasnochada adolescencia que temo dar por concluida? Desde luego mi cuerpo parece decirme eso al mostrar, sin pudor alguno, todo el arsenal de acné que no había mostrado desde que salí de la infancia.

Por otro lado estoy pasando por una de esas estúpidas y eternas crisis existenciales, una que me acucia desde hace tres o cuatro años, a saber qué voy a hacer con mi vida. No es broma cuando digo que me gustaría ser camarera en el Starbucks, pero ni tan solo esa posibilidad es del todo accesible a una licenciada que estudió algo por amor al arte, o a la literatura y la lengua, en realidad, y que no tiene experiencia laboral, de modo que se atasca en el estúpido bucle de no trabajo->no experiencia->no trabajo.

Ahora estudio para terminar un máster que se ha impuesto como requisito indispensable para ser profesora de secundaria en ámbitos públicos y ni siquiera creo que esa sea mi salida ideal. Es decir: bien, vale, dentro de veinte años no estaría mal dar clases y tratar de inspirar a jovenzuelos desorientados a que busquen algo que amar en la vida, pero mientras tanto me gustaría servir café en alguna cadena internacional y déspota, sin pensar demasiado, y no encasillarme en un trabajo que ya aborrezco sin haberlo hecho legalmente todavía.

En fin, que nos hacemos mayores y la vida es dura, incluso en agosto. Es evidente con tanto incendio, con tristes accidentes ferroviarios y constantes conflictos en partes del mundo donde la vida es tan efímera que da miedo pensar en lo banales que somos por aquí.

2 pensamientos en “Reflexiones de final de verano

  1. Yo sigo con mi cantinela. Querido verano, acábate ya!😉
    Te entiendo perfectamente, pero es por eso por lo que quiero que acabe el verano, porque ahora mismo no sé qué va a ser de mí y seguir levantándome a las 11, no tener nada que hacer y estar delante del ordenador es una cosa que durante una semana puedes hacer. Luego cansa.Si le sabes sacar productividad, fetén. Yo no sé.😦 un saludito desde el sofá de mi casa en Altea. Guapa!

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    • Gracias, cariñet.
      ¡A las 11 de la mañana te levantas! Mi madre ha conseguido que su credo de “hay que aprovechar el día” haya calado en mí a base de repetir y repetir como solo una madre sabe, de modo que yo te miro simbólicamente como me miraría la mía si me viera levantarme a esas horas: con el ceño fruncido y los labios apretados.

      De todas maneras, como decía Buika en uno de sus conciertos que poca gente ve por la 2, es bien cierto que el tiempo es una convención humana y no hay que sucumbir a él, así que te alabo esa capacidad.

      Además, que acabe el veranito significa que quizá vuelvas por aquí y podamos quedar a echarnos unas risas. Eso es lo único que me disgusta del verano, más allá de las bichas, que la gente se desperdiga y las quedadas se limitan en campo de acción.

      Un besazo para ti también desde mi cueva de libros!

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