Mediocridad

Hoy 3 de febrero de 2014, un día después de que Philip Seymour Hoffman haya aparecido muerto en su piso de Nueva York (supuestamente por una sobredosis), cuando todavía algún rezagado llora su muerte por Twitter, y haciendo gala de lo perversa que es la vida, anuncio que comienza una nueva para mí.

Pero tranquilos, que yo ya existía antes, no renazco en el sentido estricto de la palabra, pues eso supondría un proceso tremendamente desagradable, por no hablar de doloroso, más allá de lo mensurable, sobre todo para mi madre, pobre. No,no. Hoy renazco en sentido figurado porque hoy asumo definitivamente mi papel en el mundo: la mediocridad. Más aún: ¡lo voy a disfrutar! ¿Por qué no?

Toda mi vida he vivido engañada, persiguiendo estándares absurdamente elevados, equivocados sin duda, cuando la mediocridad era, sin que yo lo supiera, la meta a la que aspirar. No sé cómo no me he dado cuenta antes, cuando casi todo el mundo la vive de continuo, con sus rutinas, su dejar pasar la vida sin inmutarse, su pasividad ante la adversidad… Ay, sí, yo quiero ser de esas personas que se queja de sus circunstancias pero sin verdadera indignación o intención de reaccionar, porque algo tienen que decir las palabras que brotan de su boca. Yo quiero ser de las que se lamentan de su suerte pero no mueven un dedo por cambiarla porque eso de cambiar las cosas es para otra gente, yo quiero no hacer planes para el futuro, no ver más allá de mis narices, no leer ni intentar imponerme retos intelectuales o físicos…

Tiene que ser una vida deliciosa vivir tranquilamente, sin aspiraciones ni objetivos trascendentes. Debe ser realmente cautivador sentarse día tras día en el comedor a ver en la tele los programas más zafios que pueden emitir, ya sea la chabacana Sálvame Deluxe o la casposa La que se avecina y regodearme en las burradas que digan, forjar conversaciones el resto de la semana con mis congéneres en torno a lo que hizo el Rancio, o lo que dijo Jorge Javier.

Vamos, digo yo, porque si no, no entiendo al resto del mundo, a la gran mayoría. Y como la gran mayoría no puede estar equivocada, he decidido que ya es hora de dejar de cansarme en sinsentidos a contracorriente y dejarme llevar por la masa, a ver qué se siente pensando un poco menos.descarga

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