De alumnos…

Ayer uno de mis alumnos echó leña al fuego del architema que siempre ha girado en torno a su colectivo – no ha mucho mío también, pero ese tiempo pasó. La cuestión es ¿dónde está el respeto y el acatamiento de los jóvenes por las normas y las autoridades?

Ultrajada me sentí cuando, después de haberle encomendado a mi joven – y favorito, aunque eso no se deba admitir públicamente – padawan una redacción-crítica-comentario en inglés sobre la película Scott Pilgrim vs the world – que también había de haber visto en inglés, of course – me encuentro con que ¡no la hizo! Es más, no es que no la hiciera y me dijera algo tan cutre y socorrido como “se me ha olvidado” o “no me ha dado tiempo”. No. En lugar de ver Scott Pilgrim vio Silver lining playbook (El lado bueno de las cosas). Y sospecho también que el joven la vio en español, porque pude inferir de su redacción que la había visto en compañía y, conocida es la reticencia de los españoles a ver cosas en inglés, menos aún en compañía…

Que yo miré al muchacho con cara de: “¿El lado bueno de las cosas? ¿en serio? ¿qué clase de adolescente eres?” ¿Qué clase de adolescente prefiere ver las neuras de un Bradley Cooper bipolar y una desequilibrada y acosadora Jennifer Lawrence, en vez de las épicas aventuras de un joven bajista (genial Michael Cera) por el fugaz amor de su vida? Claramente la clase que compone mi alumno… y he de preguntarme, ¿cómo es esa clase? ¿La Tierra está a salvo con una juventud como esa?

Por supuesto, la redacción que me hizo fue más bien aburrida – como la peli de la que hablaba, obvio – y me quedé con la sensación de que ese sueño que tenía cuando estudiaba en el instituto de encontrar un profe enrollado que conectase con los alumnos (y más tarde convertirme en uno de ellos) no es posible. No por culpa del profesor, sino por la de los alumnos, que no molan. Entre eso y que no hacen lo que tienen que hacer, mal vamos. Así pues seré una profe cabrona: lo acabo de decidir. Se acabó el buenrollismo y la proximidad con los chavales… Muajaja. Las vueltas que da la vida.

4 pensamientos en “De alumnos…

  1. ¿ponemos a la par a un profesor con un alumno? No sé si voy a estar muy de acuerdo. En ninguna de las épocas, en la nuestra tampoco, hacíamos las cosas que nos “mandaban”. Si bien es cierto que habían métodos de presión más “persuasivos” no por ellos éramos más obedientes, quizá sólo más temerosos. En todo caso, los tiempos han cambiado y la presión, el miedo y las amenazas surten poco efecto. Entonces ¿qué es lo que funciona? Desde lejos parece evidente que el concepto de “buen rollo” sólo era entendido en una dirección. El feed back no se produjo y el alumno hizo lo que le dió la gana. Sin convencimiento no hay labor a realizar. ¿qué falló? ¿El alumno? Quizá no sólo eso.

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    • Querido Kurt:
      disculpa el retraso en responder, he andado un poco liada estos días. Pero aun con retraso no dudo en darte parte de razón. Coincido en que el alumno y el profesor no deben estar a la par, en que los métodos de comunicación entre profesr y alumno han cambiado y que el concepto de “buen rollo” puede ser deficiente por unidireccional. Afirmo, por tanto que, de ser una profesora al uso, dirigida a una clase con muchos alumnos, mi método jamás sería el buen rollo per se. Al contrario, opino que la mala leche sería mucho más efectiva, adornada muy de vez en cuando de alguna concesión.
      No obstante, he de contextualizar mi entrada – cosa que no hice del todo en su momento -: soy profesora, sí, pero de momento, solo soy una profesora de apoyo particular, o sea que en las clases solo estamos mi alumno de turno y yo. Así pues, no es tan de extrañar que la comunicación con este alumno, por ejemplo, sea extremadamente directa. El nivel de confianza aumenta significativamente y ello significa que, de normal, puedo aplicar métodos distintos a los que aplicaría en un aula con muchos alumnos. Pero es que además, que le mande una redacción y no otra, no se basa tanto en querer caerle bien – ni mucho menos – como en propiciar que se sienta motivado a hacerla. Porque en términos productivos – y esto sí que lo pienso para cualquier contexto – la motivación puede hacer tanto o más como la disciplina.

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