Me pillaron en el baño cuando leí en Twitter que Gabriel García Márquez había muerto. Aquello supuso una cerrazón de tripas automático, aunque no supe muy bien por qué, y después de un rato infructífero, hube de resignarme a afrontar el mundo sin haber vaciado mis cloacas.

Tras aquella doble decepción, llamé a mi amigo Luis para hablar. Él siempre estaba dispuesto a hablar, fuera cual fuese mi preocupación del momento, sobre todo con un par de cervezas por medio.

Después de dos horas de monólogos – Luis se limitaba, sobre todo, a escucharme pacientemente – trascendentes y literarios, sobre la muerte en general, sobre la pérdida de un héroe, sobre el vacío existencial y varias prepotencias más, mi amigo me miró exasperado y admitió que hasta que oyó la noticia, él había pensado que el autor ya estaba muerto hacía tiempo. Ese hecho era, sobre todo, el que le había molestado, y a continuación me recordó que nunca habíamos conocido a Márquez y que no podía ser cierto que una persona tan lejana a nosotros me causase tal desazón.

¡Pero la lejanía física no importa! contesté contrariado. Siempre que me sintiese conectado a una persona, sus desgracias, su muerte, me podían afectar tanto o más como el de alguien cercano en el sentido general. Luis concedió entender mi afirmación, pero no creía – dijo – que eso fuera extensivo a escritores o personajes políticos, históricos, etcétera, que nos habían marcado desde la lejanía, desde el pedestal del mito.

Es imposible estar tan marcados por un mito, me dijo.

No lo entendía, no entendía que se puede conocer a un autor a través de sus obras. Y¨otra hora discutimos sobre ello. Otra hora más, algún que otro grito como fuerza argumental y mucha cerveza, hasta que al fin ¡ah! al fin entendí lo que creo que ambos necesitábamos entender: que ese autor, ese García Márquez cuya muerte me había parado el tránsito intestinal, es en verdad el autor modelo del que tanto se había hablado en los comentarios de texto del instituto. Ay, tantos años para entender ese concepto… Y sí, ese autor modelo, la imagen que nos hemos creado en nuestra mente en base a lo que nos cuenta, a los Cien años de soledad por decir su obra más conocida, o a cualquier otra, y cómo nos lo cuenta, pero sobre todo, lo que ambas cosas nos provoca en nuestro interior, eso es lo importante, lo que uno aprecia, lo que siente y cree echar de menos cuando el autor real ya no está.

Mientras le explicaba mi conclusión a Luis con la emoción de quien ha logrado entender algo importante, me di cuenta también de que ese autor modelo que yo había conocido y estimado, no había muerto, ni lo haría mientras yo existiera.

Mi amigo asintió, conforme, dándome la razón, y entonces mis tripas rugieron. Gabriel García Márquez había muerto, pero no mi Gabriel García Márquez.

Mexico Garcia Marquez

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