El arte de mentir

Siempre me dijeron que no había que mentir. No por motivos prosaicos del estilo si mientes irás al infierno. En mi casa nunca existió el infierno, por eso, tal vez, he mentido tanto en mi vida. No, lo que a mí me decían era que uno es lo que hace y, consecuente y lógicamente, que uno diga mentiras lo convierte en un mentiroso. A mí eso me retuvo un tiempo, hasta los diez años o así, cuando me di cuenta de que esto podía ser así, pero también podía ser de otra manera.

Si alguien dice algo muchas veces, la gente acaba creyéndolo, aunque nunca haya sido verdad. La memoria humana y la falta de atención general del público son así de indulgentes. Así que empecé a jugar a mentir para ver hasta dónde podía estirar la verdad sin que mis interlocutores frunciesen el ceño al notar incoherencias. La clave está en las incoherencias, pero de eso me fui dando cuenta poco a poco, gracias a pequeños errores y traspiés que supusieron el fin de alguna que otra relación. Nada que no pudiera asumir en aras de un fin superior.

Al principio eran cosas pequeñas: “se me ha olvidado el libro”, cuando en realidad lo había dejado deliberadamente en casa; o “yo no he visto ese cartel de prohibido entrar perros”, para pasar a Milú a la tienda de ultramarinos.

Con el tiempo pasé al siguiente nivel, ya no buscaba solo poner a prueba la atención y retención de la gente, sino que empecé a buscar forjarme a mí misma a través de ciertos hechos no enteramente ciertos. Por ejemplo, a los 13 años le dije a todo el mundo que había leído libros que no había visto más que de lejos, en las estanterías de la sección de adultos de la biblioteca. ¿Por qué? Quizá porque estaban en la sección de adultos, quizá porque me gustaban más aquellos títulos que los de literatura juvenil. Uno de aquellos libros fue Los hermanos Karamazov de Dostoyevski, que sonaba extremadamente ruso. Aquella mentira pasó bastante desapercibida porque, a decir verdad, a poca gente le importó que yo hubiese leído Los hermanos Karamazov o cualquier otro clásico. Salvo a mi profesor de lengua, quien, por un momento, me pareció que estaba impresionado. Pero entonces, pensando quizá que una niña aparentemente culta merecía tal consideración, me preguntó qué me había parecido el final de Mitya. Yo, que no sabía que Mitya era el mayor de los hermanos, no supe contestar muy acertadamente y pasé de ver cómo la cara de admiración de uno de mis profesores favoritos pasaba a ser la de total decepción.

Gracias a eso fui forjando ciertas reglas en torno al arte de mentir que me han sido de gran utilidad a lo largo de mi vida. Por ejemplo, no se puede mentir sobre algo que no se conoce mínimamente. Si se hace, ha de ser en un contexto controlado, es decir, entre ignorantes. Pero como normalmente ese contexto no es el que nos interesa para nuestro fin, hemos de cuidar hasta dónde pensamos tergiversar la verdad, siendo más apropiada para estas ocasiones la exageración, en vez de la mentira bruta.

Así, a los 14 años, me declaré cinéfila y afirmé haber visto los que cierta revista de cine recomendaba como clásicos indispensables. Yo afirmaba, sin complejos, que mi favorita era Lo que el viento se llevó, que era una de las pocas que realmente había visto, aunque las de Charlot también me gustaban mucho.

A los 15, aprendí a tocar seis acordes con la guitarra y, desde entonces, tuve un par de años de conservatorio, pero lo había dejado porque iba muy liada con los estudios.

A los 16, en mitad de curso, me fui a pasar unas semanas con unos familiares a Inglaterra, cuando en realidad había estado bastante enferma, con neumonía. Por supuesto, para justificar cierta mejoría de inglés, conseguí que mi madre que trajera películas en inglés de la biblioteca. Las que fuera. Un par de ellas fueron clásicos y todo.

Algunos años después, cuando ya era una mujer en ciernes y dominaba la mentira como un músico domina su instrumento, aprendí otra valiosa lección: el descaro o la confianza que van de la mano de la mentira, pueden ser además muy útiles para progresar en cualquier ámbito.

Tanto es así que a la edad de 19 años, por una serie de curiosas coincidencias y un poco de mi arte, pasé de ser estudiante de segundo de Filosofía y Letras – todo aquello de la retórica, los sofistas y las falacias siempre me había parecido digno de estudio – a periodista freelance para El País y otros medios de comunicación. Y fue todo muy rápido: en una conversación me saqué el título de Periodismo y comencé así una de las etapas más interesantes de mi vida…

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