Diario de a bordo

En algún lugar del océano Atlántico, 25 de septiembre de 1885

Hace un día soleado, el viento ha soplado benignamente durante los últimos días. Me cuesta creerlo después de la tormenta atroz que pasamos y que nos causó tanto mal. Uno de los mástiles medio partido, el foque desgarrado porque al joven William se lo llevó una ráfaga de viento al mar y no pudo arriarlo a tiempo, daños considerables en cubierta y más de un herido entre la tripulación… La moral de los hombres estaba por lo suelos y la comida está empezando a ser más racionada, todo lo cual no hace sino enrarecer la vida a bordo del Continente. A pesar de todo, los ánimos se han exaltado cuando esta mañana el vigía cantó tierra. Sorprendido, subí al castillo de proa para poder distinguir mejor. No me cuadraba con los cálculos y los mapas que tenemos y el doctor Müller insistió entonces en que aquella era una isla resurgida de las profundidades del mar de mano de Dios (poco le faltó decir “dioses” pero supo contenerse a tiempo) para dar testimonio de su origen y demostrar a todo el mundo que la Atlántida existió y aún existe sumergida en las profundidades de este ingente y cruel mar sobre el que navegamos.

No quise discutir con el doctor, y menos frente a la perplejidad de los hombres que nos observaban curiosos; su presencia me ha enervado desde que subió a bordo y empezó a hablar de cáculos y revelaciones místicas. Parece una contradicción andante, una paradoja de ciencia y metafísica, envilecido por la ambición. Aún así debo admitir que tal vez sus cálculos no iban del todo desencaminados – no puedo explicar qué pedazo de tierra es este que ante nosotros se alza – y nos hallemos frente a un pedazo del perdido continente.

Siempre pensé que la Atlántida era una idea, una obsesión personal, algo que me impulsaba, como a otros les impulsan otras cosas, a seguir adelante, a seguir luchando y buscando una respuesta. La respuesta no tiene tanto sentido como la pregunta, en realidad esa es una verdad universal que se puede imponer a todos los seres vivos con consciencia superior, a todos los seres humanos que de verdad lo son.

Y ahora me veo frente a esta enorme extensión de tierra, que según los cálculos del doctor Müller tienen que ser parte del viejo continente, pues no coincide con ninguna otra extensión de tierra conocida hasta ahora; y no puedo dejar de plantearme si no he estado errado toda mi vida, si no estaba equivocado en mi obstinada opinión de que lo importante no era la meta sino el camino y si debo replantearme totalmente toda mi existencia.

Al fin y al cabo, ¿qué soy yo salvo un absurdo capitán de un barco expedicionario cumpliendo el sueño trasnochado de un monarca loco? ¿Cómo iba a ser ese un camino digno de andarse si la meta real no fuera únicamente la meta obvia?

Son tantas las dudas que este descubrimiento arroja frente al conocimiento que del mundo tenemos… Si eran ciertas las leyendas, si las historias que narraban Platón y otros sabios de la antigüedad son ciertas, entonces cabe la enorme posibilidad de que muchas otras leyendas también lo sean. Porque al fin y al cabo se dice que toda historia tiene una base real, pero siempre se escuchan estas palabras con renuentes reticencias. Sí, eso les decimos a nuestros hijos, pero los adultos nos cuidamos de creer semejantes cuentos. Mas ¡oh, si estábamos equivocados! Si así fuera, ¿cuántas más leyendas pueden ser ciertas?

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