Día 3: el día inesperado

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La vista por la mañana

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Eh, ¿qué pasa?

Nos levantamos a una hora razonable. Y lo primero que hice – para resarcirme, como persona no-puntillosa, ejem – fue mirar por la ventana para ver qué día se nos daba – y qué vista teníamos. Y si la de la noche anterior había sido negra, la de esa mañana era verde, y había ovejitas pastando a escasos metros…

Como cada mañana, nos duchamos y desayunamos. Fue muy gracioso el hecho de que Susana no llevaba toalla, hecho que el día anterior no había tenido la menor importancia porque habíamos estado en un hotel propiamente dicho – búsqueda de Rut y ¡punto para ella! –, de modo que había podido servirse de la toalla de cortesía  típica de hotel. Sin embargo, en los albergues, como regla general – como todo el mundo sabe -, no te aprovisionan de toallas, jabones o detalles similares; así que la mujer se hallaba sin toalla. Y Gillen, que es bastante bonico más allá de su naturaleza brutota, no paraba de preguntarnos a Rut y a mí si le llevaba una sábana o algo – ¡una sábana!  – mientras nosotras nos encogíamos de hombros entre risas. Al final no hizo falta porque Susana se secó con una camisa ¡claro que sí!

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Paisaje domesticado

Desayunados y limpitos, salimos del hostel, listos a seguir viendo cosas bonitas de este Reino Unido. Los parajes que veíamos yendo al sur eran increíblemente hermosos.  No exactamente como Lake District. Yo diría que parecía como más domesticado a ratos. Pero había ratos que eran totalmente sublimes, totalmente por encima de la vida humana. Como esta brecha que me encantó que parecía la depresión causada por el hundimiento de dos placas tectónicas.

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Paisaje no domesticado

No sé siquiera si esa descripción que acabo de hacer es una barbaridad. Quizá. Pero igualmente la visión del lugar dejaba sin palabras.

Paré el coche donde buenamente me iba dando la gana para poder hacer fotos y tal.

Banco de abuelo en medio de ningún sitio

Banco de abuelo en medio de ningún sitio

Desde un pequeño aparcadero donde había un banco que parecía dispuesto para cualquiera que quisiera sentarse a admirar el impresionante paisaje, hasta un pueblo súper típico, como los pueblos que formaban The Costwolds, donde había una posada que se llamaba no sé qué Bolton.  Foto ahí, claro.

Los nuevos guardianes del norte...

Los nuevos guardianes del norte…

Por supuesto me equivoqué de camino en algún punto dado – no sé seguro cuándo – y eso nos obligó a dar un rodeo enorme. Pero creo que gracias a eso, vimos lo que vimos… Aunque claro, si no, habríamos visto otras cosas, que seguramente también habrían estado bien😄.

A mediodía o así llegamos a Sheffield. Sheffield es guay.

Siguiendo el consejo de la amiga de Gillen que hizo el Erasmus allí, buscamos la Students Union de la Uni, cierto jardín cubierto, el centro propiamente y el jardín botánico.

Jardín (botánico)  descubierto de Sheffield

Jardín (botánico) descubierto de Sheffield

Muy acertadas las recomendaciones. Además vimos un par de galerías. La Art Gallery y el Museum que hay nada más subir de la Uni, donde ¡casualidad! hay un jardín cubierto. Además, lo que vimos de la exposición estuvo bien – ¡vimos un museo por dentro! – e interesante, y el jardín bonito. El jardín bonito me recordó al de la estación de Atocha.

Jardín cubierto en Sheffield.

Jardín (no botánico) cubierto en Sheffield.

Del jardín salimos a la plaza del ayuntamiento, con el ayuntamiento propiamente, donde había varias fuentes majas y varias setas gigantes de piedra – tal me parecían – que daba gozo verlas, porque le daban un aire pintoresco e incluso mágico a la plaza. Después fuimos a buscar la catedral (¿cómo no?) y después, siguiendo cierta apetencia extraña, fuimos a la Union a comer de caliente barato, hasta que se hicieran las 3, que era la hora a la que teníamos previsto ir para York.

La comida nos sentó divinamente – es un hecho –: plato adicional, el cachondeo que nos dio Susana con su manía de no dejar comer de su plato. ¿Qué pasa cuando alguien declara abiertamente que no le gusta que le toquen sus patatas? Pues eso.

Más animados, con el buche lleno y calentitos, nos fuimos para el norte, a York. Como siempre, me perdí un par de veces, y contando con el mal tiempo que venía siendo ya habitual en la carretera, y con los embotellamientos, llegamos a York a las 6.

Se produjo una situación que, mirada con cierta perspectiva es muy graciosa, empezando por el tema de que Susana hacía de copiloto en el trayecto Sheffield-York. La primera peculiaridad que esto tuvo es que Susana cumplía una de sus tareas como copilota remarcablemente bien: la de hablar. Nos contó la vida amorosa de su hermano Ramón en asombrosa profundidad. Desde Elvira hasta Blanca, pasando por la italiana maja que hablaba varios idiomas muy bien. Otras de sus funciones, sin embargo, las desatendió. También remarcablemente bien. Ella fue la causante de que nos perdiéramos una de las veces (las otras fueron cosa mía XD).

El caso es que cuando llegamos a York, una vez hecha la compra de rigor en el primer Lidl que vimos – de noche ya, por supuesto, aquí a las 6 ya es de noche de la buena, de la oscura, de la que alberga horrores –, Gillen pareció resurgir de las profundidades del asiento trasero y decidió empezar a ayudar con las indicaciones para llegar al YHA (Youth Hostel Algo). Pero entre los dos indicadores – una a la diestra, el otro a la retaguardia–, la falta de iluminación – remarcable, llegado este punto, cómo las ciudades fuera de España piensan innecesario alumbrar cada metro con farolas o algo – y la gran cantidad de tráfico, me puse de los nervios y seria. Borde incluso. Cosas del momento. Eso sí, luego nos echamos unas risas a expensas de ello. Pero luego.

No obstante, lo mejor de llegar a York no es eso, no. Lo mejor viene después, cuando llegamos precisamente al hostel. Y Gillen – y las tres detrás – cargado hasta arriba de mochila y bolsas y compra – y las tres igual – se presenta en recepción y dice que teníamos una reserva a su nombre. Y la chica busca su nombre. Y nada. Y entonces le pide la tarjeta de identificación para buscar sobre seguro. Y nada. Y entonces Gillen saca su móvil para enseñarle el mail con la reserva y entonces, tras repasar brevemente el mail, suelta de pronto con gesto consternado un “soy gilipollas” al más puro estilo Susana. Lo miramos igualmente consternadas, yo temiéndome lo que estaba empezando a temerme, y confirma mis sospechas: que, en un despiste, la reserva la había hecho para la noche anterior. Bien.

La chica nos mira con penita y al vernos las caras y las pintas, le explica a Gillen sus posibilidades. Gillen la lía para que ella llame a los de Booking y ella les explique la situación, a ver si pueden reembolsarnos los dineros o puede ser posible cambiar la fecha de la reserva. La chica, súper maja, habla con ellos y descubre que sorprendentemente no habían cobrado nada todavía. Queda con ellos en que no cobren nada finalmente. Entonces preguntamos si quedan habitaciones para hacer la noche allí. La chica – April – mira el ordenador y al parecer sí, pero nos dice que un momento, que va a hablar con su manager, porque al día siguiente alguien hará el recuento de las cosas y todo tiene que estar en orden. Nosotros nos quedamos allí esperando – todavía con la cara consternada y cargados hasta arriba de bultos – a que April vuelva. April vuelve y nos dice que al tratarse de un honest mistake harán un cambio de fecha y podremos dormir allí esa noche. Nos da entonces una llave, papeles y ale, a buscar la habitación, todavía comentando la situación entre risas y asombro, Gillen y Susana guiando el camino.

Subimos unas escaleras, cruzamos una puerta, un corredor, otra puerta, bajamos otras escaleras, abrimos otra puerta y llegamos a un pasillo donde hay más puertas. De habitaciones, duchas y baños. Al fondo, nuestra habitación al fin, pasado el momento de incertidumbre. Y entonces, como en las pelis, Susana y Gillen abren la puerta, se quedan parados un momento, piden perdón y cierran la puerta. Lo primero que se me ocurre es que han visto a alguien desnudo. Enseguida se vuelve a abrir la puerta y una mujer mayor (y completamente vestida) sale a hablar con nosotros. Entonces Gillen y ella deciden ir a hablar con April – la recepcionista – porque al parecer la mujer mayor y quien sea que esté con ella acababan de llegar y no esperaban a nadie más y nosotros también acabamos de llegar y en principio íbamos a estar solicos.

Dos galletas y una regla más tarde, vuelve la mujer de la habitación diciéndonos que volvamos a recepción, que nuestro amigo nos espera allí. Totalmente descolocadas, Susana, Rut y yo vamos para allá. ¡Y Gillen no está en recepción! Le pregunto a April y esta nos informa de que nuestro amigo está en la sala de juegos. Harto intrigadas, nos dirigimos allí y lo vemos frente a un ordenador.

¿Qué leches pasa? Pues que la chica ha hecho un Gillen, y ha mirado la disponibilidad de las habitaciones en la fecha equivocada – el día anterior, de hecho, el día para el que nosotros habíamos reservado por error, sin ir más lejos… Qué casualidad😄 – así que no tenemos habitación ni hay posibilidad de tenerla en ese hostel que ya me está cayendo mal.

Después de un ratete de mirar en internet y de debatirlo, decidimos coger un hostel ligeramente más caro, pero que parece estar bien ubicado y que de hecho nos ha sido recomendado por el YHA este chungo, y dejarnos de tonterías. Lo mejor de todo es cuando Gillen vuelve a llamar y le dice que después de hablarlo con sus amigos – nosotros –, hemos decidido quedarnos finalmente allí y el recepcionista le suelta algo como que si llegamos antes de que nadie más la pille…

Acongojadillos vamos a buscar el sitio, rápido rápido, no sea que alguien llegue antes que nosotros, cosa improbable, pero no imposible. Lo encontramos sin problema y vamos a pillar la habitación ipso facto. Y nos encontramos con un recepcionista muy guapo y simpático que resulta no ser tan borde como parecía por teléfono. Resulta también que la habitación va a ser para nosotros solos. Que tenemos baño privado. Que el sitio es chulísimo. Que está súper bien ubicado, en todo el centro de York. ¡Y que tenemos desayuno incluido!

Muriendo de éxtasis ya, nos vamos a aparcar el coche a un parking cercano y a coger las cosas para llevarlas a la habitación. Y mientras comentamos las facciones y proporciones del joven recepcionista.

CIMG6557Me flipa el hotel porque es, claramente, una antigua casa de algún lord acomodado, del estilo de Downton Abbey – en lo que respecta al número y distribución de habitaciones, pues por supuesto no tiene grandes terrenos incluidos en la finca – que además incluye plaquitas fuera de cada habitación a modo explicativo de a quién pertenecía cada habitación o algún hecho concreto y curioso sobre esa parte de la casa. Muy guay y muy bien hecho eso. Nuestra habitación pertenecía a la jefa del personal doméstico.

Después de cenar de picnic en el suelo, decidimos ir a dar una vuelta por York. Es la última noche y hay que darlo todo. Además, el recepcionista guapo nos ha hablado de un sitio majo. Pues ale, vamos. Y de paso le preguntamos de dónde es, ya que especulamos con que si es alemán o sudafricano – esto último observación de Gillen del pin que lleva el amigo y que yo también había visto pero sin llegar a saber de dónde es eso. ¡Y premio para Gillen porque es sudafricano!

– Y fumador.

– Vaya, pero bueno, sigue siendo sexy, oiga.

Vamos paseando hasta el centro. Lo que se ve de la ciudad, aun con escasa luz, es bonito, por no decir precioso. Y antiguo. Además hay un río por en medio de la ciudad – hecho harto risible para mis compañeros de viaje, pero que, indudablemente, dota de muchísimo y peculiar encanto a las ciudades – y eso está bien. A pesar de todo no parece haber demasiado ambiente de fiesteo. Aunque claro, es martes por la noche. Aun así hay lo que Susana denomina con total confianza “una fiesta de batas”, y acordamos que si no encontramos ningún sitio donde festear, iremos a donde los jóvenes con bata han entrado.

Afortunadamente para mí – porque no me inspiran demasiada curiosidad las fiestas de bata – encontramos The Golden no sé qué, el local que el sudafricano guapo nos había recomendado – para comer barato y abundante, cierto, no para salir de fiesta, pero eh, más triste que la calle no va a ser –. No parece  demasiado animado, pero fuera pone que hay música en acústico en directo, y entonces me fijo y alcanzo a ver que hay una puerta que da a otra sala y pienso que eso es como un callejón Diagón y que seguramente ahí está lo bueno.

Entramos. Nada, un escenario vacío – aunque hay dos micros – y un número poco llamativo de gente consumiendo sus bebidas tranquilamente. Le pregunto al camarero. Los músicos están en el descanso. Así pues acordamos quedarnos y tomarnos algo. Y después de hablar un poquito, llegan dos señores con pinta de músicos arrastrados, que después de pedir sendas bebidas, se posicionan en el escenario. Y empiezan a tocar, y uno de ellos canta muy bien y el otro le hace los coros, mayormente en agudo, incluso en falsete. ¡Y suena muy bien!

Oh, cuando dicen que dos más y acaban, lloro por dentro porque lo estoy pasando muy bien y, además, hace nada que me he pedido otra media pinta – una Hobgoblin, por cierto, una cerveza negra que, sorprendentemente, me ha gustado mucho, si bien yo soy poco amiga de las cervezas negras –. Acaban las dos canciones, les pedimos otra y no se hacen de rogar demasiado. De hecho les he picado cuando les he pedido que toquen The best song in the world, de Tenacious D. Al principio no están seguros de cuál les hablo – porque a decir verdad no se llama así, sino Tribute, pero me colé – pero en cuanto les explico, comprenden, se ríen, y la tocan un poquito. Fue muy guay.

Luego, cuando por fin acabaron, les compré un CD – Susana y Gillen entraron al trapo – y me hice una foto con ellos. Más feliz que una perdiz. Aunque luego nos decepcionó un poco cuando vimos que el disco solo tenía 5 canciones! No obstante la decepción dio paso al asombro cuando vi el rebote que había pillado Susana al ver el nombre del grupo (y lo de las canciones también le ha tocado las narices diría yo), porque los amigos se hacían llamar The Y Street Band, nombre enormemente parecido, fíjese usted, con The E Street Band, la band que acompaña al Boss Springsteen. Que obviamente – diría yo – el nombre es decididamente un guiño a esa band, así como una coña, una broma a su propia persona, debido al enorme contraste que ofrecía con ellos… porque en fin, son dos! (aunque luego hemos buscado cosas en Youtube, y en realidad parecen ser 5, pero muy callejero todo, pero es una street band después de todo…). Bueno, que yo no le habría dado más importancia, pero la cara de Susana parecía un cromo. Tanto que no paraba de renegar y echar pestes hasta prácticamente irnos a dormir. ¡Incluso mordió a Gillen! ¿Por qué? No me quedó claro. Pero fue todo muy gracioso, diría yo.

Después de eso, volvimos al hotel, mientras Susana seguía despotricando sin descanso. Y a dormir, que mañana iba a ser largo también.

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