Esta es la historia de la barca

que seguía al pato del que se había enamorado

El pato era único entre sus congéneres, verde y curioso, y se pasaba los días yendo río arriba y río abajo, observando cada piedra de cada orilla y hablando con todas las criaturas y cosas que se cruzaban en su camino.

Cierto día se cruzó con una vieja barca que recientemente había sido abandonada por su dueño debido a que ya era vieja e inestable. La pobre barca estaba enormemente triste y decepcionada por la decisión de su antiguo dueño y había pasado los últimos días yendo a la deriva, no preocupándose de si iba muy rápido o lento, de si tenía que virar a babor o estribor, o de si entraba mucha agua en su cubierta. Entonces, el día en que el pato la vio, aquel se acercó preso de la curiosidad, al ver tan ajada embarcación sin ningún humano dentro.

– ¿Viajas sola? – le preguntó el afable y curioso pato.

La barca, algo avergonzada, respondió que sí, que su dueño la había abandonado.

– ¡Qué bien! – exclamó el pato.

– ¿Bien? ¿Cómo puede ser bueno que mi dueño me haya desechado?

– Porque ahora podrás ir a donde tú quieras. No dependerás de la voluntad de ningún humano para moverte.

Triste como estaba, la barca no había caído en aquella posibilidad y, algo confundida, pregunto aún:

– ¿Pero adónde iré?

El pato, paciente a la par que animado, le instó a ir a todas partes.

– ¿A todas partes?

La barca se inquietó ante un abanico de posibilidades tan enorme y sobrecogedor. Mas viendo que el pato tenía las cosas tan claras, le preguntó si le importaba que lo siguiera unos días, para ver cómo se hacía esos de viajar a voluntad y disfrutar.

– Siéntete libre, claro. El río no es mío para decirte por dónde ir.

Así pues la barca decidió seguir al pato durante siete días y siete noches. Al cabo de ese tiempo, la barca había podido ver cómo de positivo y amigable, curioso e intrépido, era el pato, y sintió gran admiración. Más aún: a pesar de sus diferencias, o precisamente por ellas, se percató la barca de que se había enamorado del pato.

Al cabo de siete días, cuando supuestamente debía partir de su lado, resolvió quedarse con el pato. Este, siendo como era cordial, quiso saber, puesto que ya era hora de separarse, por qué no emprendía su propio camino. La barca, bastante azorada, confesó que se había enamorado del pato a lo que este, del modo más suave posible, respondió que el sentimiento no era recíproco. No obstante, la barca le dijo que le daba igual, que se contentaba con estar cerca y seguir disfrutando de su compañía y aprendizaje. El pato, que no podía negarle que lo siguiera porque el río no era suyo, no pudo objetar nada.

Desde aquél día, pues, la barca siguió al pato.

barca

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