Anécdota del día III

Hay un niño en una de las clases en que estoy que es un amor de persona, pero un alumno terriblemente molesto. Siempre tiene algo que decir y no espera a que sea el momento oportuno o a que le den permiso para hacerlo. Hoy me he puesto a hablar con él en un rato concreto en que se supone que los alumnos tenían que estar haciendo una actividad individual y él, por supuesto, había decidido ponerse a hacer precisamente en ese momento otra actividad que tenía que estar hecha hacía una semana o más.

– ¿Qué haces, David?

– Escribo la carta para Jorge. – Jorge es su pen-pal o corresponsal, por el intercambio de cartas, que con resultado indeterminado todavía, intenté establecer con un instituto en España.

– ¿Por qué la escribes toda en inglés? ¿No deberías escribir un trozo en español?

– Él me la escribió toda en español. – “Fair enough“, pienso.

Al cabo de un momento me quedo mirando la carta – no estaba mal, de hecho – y veo que está ya escribiendo la despedida y la firma.

– ¿Eso es todo? – pregunto – ¿No le vas a contar más cosas?

– Es que no quiero agobiarlo, porque su inglés no será muy bueno.

– Su inglés seguramente es mejor que tu español, así que puedes escribirle más.

– ¿Pero conoces a Jorge?

– No, pero Jorge lleva estudiando inglés hace años. ¿Desde cuándo estudias español tú?

– Desde que tengo doce años – responde traviesamente, puesto que tiene doce años. Yo sonrío y le digo que en España se empieza a estudiar inglés bastante pronto, aunque no le digo que el método es claramente inefectivo y que los chavales pueden salir del instituto sin saber realmente mantener una conversación.

– Pues dentro de cuatro años hablarás muy bien español si sigues estudiándolo.

– Yo estudio gaélico desde los cuatro años – interviene su adorable compañero de mesa y le miro sorprendida.

– ¿Hablas gaélico?

Ewan asiente orgulloso y admiro el hecho. Entonces David, queriendo recuperar la atención, exclama.

– ¡Yo hablo inglés!

– Lo sé y bastante bien – concedo, pero enseguida le pincho: – ¿Pero no hablas nada más?

– ¡También hablo escocés!

– ¿Qué diferencia hay? – le pregunto curiosa.

– ¡Pues bastante! – Y razonablemente consciente de lo que dice me empieza hablar del slang (jerga) y de cómo cambia muchísimo del inglés normal.

Y sin darme cuenta le empiezo a explicar que el slang no es propiamente un idioma, aunque cambien muchas palabras, sino que depende del contexto, y alabo (en parte para que no se sienta mal, pero también para animarlo a que siga con los idiomas) que es notable si sabe cuándo hablar con jerga o con lengua estándar, porque depende del contexto.

– No hablas igual con el profesor, que con tu padre o con tus amigos, ¿a qué no? – Él niega con la cabeza y yo sigo: – pues saber cambiar según el registro, denota control de la lengua y mucha inteligencia.

Y de pronto me veo que el crío me presta mucha atención y asiente y dice:

– Creo que sé lo que quieres decir.

Cuando por fin me alejo de él para cómo van avanzando ver las tareas de otros alumnos me pregunto cuánto de lo que le he contado realmente le habrá interesado o con cuánto se habrá quedado, pues sé que el crío es muy inteligente y, de hecho, me ha gustado captar su atención de tal modo. Entonces me asalta un deseo que hace tiempo me ronda la cabeza y que a veces dudo poder cumplir: ser capaz de engancharlos a todos igual que lo he enganchado a él por ese momento.

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