Paréntesis

Todo era blanco fuera. Todo. Y el anciano observaba la falta de color y de vida desde la cómoda calidez que la chimenea le proporcionaba en su pequeña cabaña. Cuando los vientos del Norte venían, no dejaban nada a su paso y él sabía que en esos casos más le valía quedarse a cubierto y observar el despiadado espectáculo desde su pequeña cabaña. De pronto el teléfono sonó, sacándolo abruptamente de sus cavilaciones, blancas también y totalmente improductivas, mas suyas. Con cierta dificultad, sin recordar muy bien dónde había dejado el bastón, se arrastró hasta el auricular y lo descolgó para preguntar quién era. Solo dos personas tenían su número de teléfono, y dudó mucho que ninguna de ellas le llamaran en medio de una tormenta como aquella: su hija estaría ocupada trabajando en alguna tarea de salvamento, su hermana estaría igual de ensimismada que él observando el espectáculo. Pero no hubo preguntado si quiera quién llamaba cuando, tras un segundo de silencio, la línea se cortó y el anciano pudo escuchar el intermitente sonido que indicaba que habían colgado al otro lado. Lanzando una mirada de ligera contrariedad al aparato, colgó el auricular y retornó, con cierta dificultad nuevamente, junto a la ventana, para seguir observando el espectáculo.

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