La rueda del mundo

El tiempo pasa inexorablemente ¿verdad? Y nadie se pregunta qué fue del mendigo que pedía en la puerta de la estación o qué paso con el señor que vendía los billetes en el tren, aunque siempre era el mismo señor alto, delgado y extremadamente educado, que caía bien a la gente que tenía que coger siempre el mismo tren, cada día, para ir a trabajar, a una hora concreta, excepto los fines de semana, cuando la hora fluctuaba, y entonces ya no era el mismo señor, alto y delgado y extremadamente educado, el que venía revisando y vendiendo los billetes, sino que era un joven con tatuajes visibles en los brazos, o una mujer rubia y gorda, o cualquier otro, porque los fines de semana, el revisor podía ser cualquiera y los pasajeros también.

El tiempo es tan inmisericorde como la gente, o tal vez más, porque el tiempo no se para, al tiempo le da igual cuál sea la situación de nadie, lo bien que lo esté pasando o cuánta necesidad tiene de que se acabe algo: una clase, una comida, una película, un compromiso, una tarde; el tiempo no tiene ninguna consideración por los sentimientos humanos. ¿Verdad?

O tal vez el tiempo no posee ninguna condición, buena o mala, que pertenece a los humanos, pero los humanos se obcecan en personificarlo. Y son tan intransigentes, tan dados a encontrar siempre excusas o las causas de sus problemas en el exterior, que han optado por personificar un concepto que incluso se escapa a su comprensión y que, probablemente, sea totalmente inanimado.

O tal vez no, tal vez el tiempo existe y observa desde una posición inmejorable los devenires de la gente y se frota las manos cada vez que una cana nueva aparece en una cabeza distinta y dice: vamos a seguir así, angustiando a la gente con su falta de control sobre mí.

O por el contrario, tal vez sí existe como tal, pero no sea dueño de sus propios designios, sino que sea un esclavo de su misma naturaleza y se pase todo su tiempo, valga la redundancia, corriendo y corriendo la rueda del universo, porque no tiene más remedio, porque es su cometido, porque fue creado o apareció de pronto, con el único cometido de avanzar. Y su existencia es tan triste o más que la de los míseros humanos, puesto que, urgido como está a avanzar, nunca puede parase a echar la vista atrás. Y cuando consigue lanzar una mirada a hurtadillas a lo que se conoce como mundo y ve los devenires de los humanos piensa que siente envidia porque al menos los humanos pueden parar y mirar atrás. Pueden parar  y descansar, o pueden morir y evitar así toda preocupación. Pero ¿y él? Él se ve obligado a seguir adelante sin remedio, adelante siempre, sin parar, a seguir dando vueltas a la rueda del mundo. Sin opción. Y lo que más le frustra precisamente es eso, la falta de elección.

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