Ah, la vida y sus misterios

La sala entera estaba, como quien dice, llena de chiquillería. Decenas de estudiantes cómodamente instalados en aquellas grandes y robustas mesas individuales, dados en general a cualquiera que fuera su materia de estudio, con sus libros, diccionarios, cuadernos y apuntes, ordenadores con gráficas, textos o páginas de Facebook furtivamente actualizadas… En general el ambiente era de dedicación y estudio y yo casi conseguía contagiarme.

Entonces entró el señor, mayor y trajeado, abrigo y paraguas asentados bajo un brazo, la otra mano, a su vez, cómodamente reposada en el bolsillo del pantalón. El hombre caminaba como si no tuviera nada mejor que hacer, pasando entre los escritorios, observando a aquellos jóvenes trabajadores, cada uno entregado a su personal causa, Mientras, yo lo observaba a él.

Su rosada tez y sus blancos cabellos resaltaban sobremanera entre los de los jóvenes alrededor y tan llamativo era y tan intrigada me hallaba, que yo no podía evitar lanzar continuadas y furtivas ojeadas para ver a dónde iba o qué hacía a continuación. ¿Buscaba algo? ¿A alguien? ¿Iría a sentarse en algún sitio que, por casualidad, encontrase vacante, y sacaría entonces un libro de su elegante abrigo? ¿Venía para eso, para leer?

Tras un minuto y otra vuelta, el señor se dirigió al único sitio disponible, en el otro extremo de la sala. Envalentonada por la distancia, me decidí a mirarlo directamente y ver qué hacía. Entonces nuestras miradas se cruzaron y, avergonzada, bajé la vista. ¿Me había mirado por casualidad o era consciente de que estaba observándolo desde hacía rato?

Con cuidado lancé otra mirada furtiva para ver si había sacado un libro o qué, mas al ver que su mirada seguía dirigida hacia donde estaba yo, volví a cohibirme y decidí centrarme por un rato en mis libros.

No obstante, la curiosidad era más fuerte que la urgencia de estudiar, así que de nuevo alcé la vista, aquella vez sin importarme si nuestras miradas se cruzaban de nuevo. Mas aquella vez el hombre miraba en otra dirección. ¿A dónde? No parecía que a nada en concreto… ¿Estaba leyendo la sala? Y entonces decidí empezar a divagar en su interés, escribir sobre él, vigilar sus siguientes movimientos.

La siguiente vez que alcé la mirada en su dirección descubrí contrariada que la silla donde instantes antes se sentaba el señor, estaba ocupada ahora por una cría con moño alto, pantalones ajustados y camisa holgada. ¡Qué decepción! ¿A dónde había ido el señor? ¿Por qué? ¿Había encontrado lo que buscaba?

Ah, la vida y sus misterios…

Anabel PRIETO

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