Navegar paisajes textuales

El artículo del cual subí algunos extractos ayer trataba un tema muy interesante, a saber qué diferencias existen entre leer en un libro de papel y un libro digital. Algunos de los fragmentos que más me llamaron la atención cuando lo leí, son los que copié aquí. Pero acabo de caer en la cuenta de que tal vez el nivel de inglés de aquel lector disperso que tenga a bien deambular por mi blog, no dé para tanto como para leer un artículo científico íntegramente en dicha lengua. Por eso he decidido publicar la entrada de ayer traducida.

Perdónenme los que ya la hayan leído y entendido, pero siendo este es un blog de opinión personal y divulgación de cosas que me llaman la atención y que creo que pueden ser interesantes para otras personas, esta entrada es de recibo.

 

Navegar paisajes textuales

Para entender cómo leer en papel es diferente de leer en pantallas, son necesarias ciertas explicaciones sobre cómo el cerebro interpreta el lenguaje escrito. A menudo pensamos en el acto de leer como una actividad cerebral que pertenece a la abstracción – con pensamientos e ideas, tonos, metáforas y temas. No obstante, en lo que respecta a nuestros cerebros, el texto es una parte tangible del mundo físico en que habitamos. De hecho, el cerebro contempla las letras esencialmente como objetos físicos, porque en realidad no tiene otra manera de concebirlas.

Más allá de tratar las letras individuales como objetos físicos, el cerebro humano puede también percibir un texto en su complejidad como una especie de paisaje físico. Cuando leemos, construimos una representación mental del texto, en el cual significado y estructuras van de la mano. La exacta naturaleza de semejante representación sigue sin estar clara, pero son, posiblemente, similares a los mapas mentales que nos formamos de terreno – como montañas y caminos – y de espacios físicos construidos por el hombre, como apartamentos y oficinas. Tanto en anécdotas como en estudios publicados, hay gente que confiesa que cuando intentan localizar una parte concreta en una obra escrita, a menudo tratan de recordar dónde en el texto aparecía. Tal vez recordemos haber pasado la granja roja cerca del principio del sendero antes de empezar a subir la colina por el bosque; de modo similar, también recordamos haber leído que el señor Darcy rechaza a Elizabeth Bennet en la parte inferior de la página de la izquierda, en uno de los primeros capítulos.

En la mayoría de los casos, los libros de papel ostentan una topografía más obvia que en los textos digitales. Un libro de papel abierto presenta al lector dos espacios claramente definidos – la página de la izquierda y la de la derecha – y un total de ocho esquinas con las cuales uno puede orientarse. Un lector puede centrarse en una página en concreto, sin perder de vista el texto entero; uno puede ver dónde el libro empieza y termina, y cuál es la posición de una página en relación a esos límites. Uno puede incluso sentir el grosor de las páginas leídas en una mano y las páginas que quedan por leer en la otra. Pasar las páginas del libro es como dejar una huella tras otra en el camino – se establece un cierto ritmo y una evidencia visible de cuán lejos se ha viajado. Todos estos hechos no solo hacen que el texto en papel sea más fácil de navegar, sino que también ayudan a formar un mapa mental coherente del texto.

Por otro lado, la mayoría de las pantallas, e-readers, teléfonos inteligentes y tabletas interfieren con la navegación instintiva de un texto e impiden que el lector cree el mapa de ese viaje en su mente. Un lector de un texto digital puede desplazarse a través de una cadena ininterrumpida de palabras, pasar una página tras otra o utilizar la herramienta de búsqueda para localizar una frase en concreto inmediatamente – pero es difícil ver ningún pasaje en el contexto del texto íntegro. Como analogía, imaginémonos que Google Maps nos permitiera navegar calle por calle individualmente, así como teletransportarnos a alguna dirección específica, pero a la vez evitase que acercáramos o alejáramos el zoom para ver el vecindario, el estado o el país. Aunque los e-readers como Kindle y las tabletas como iPad recrean la edición en páginas – a veces por completo, con los números de página, los encabezados y las ilustraciones – la pantalla solo muestra una única página virtual que está ahí y luego no está. En vez de caminar el sendero nosotros mismos, los árboles, rocas y musgo pasan rápidamente sin dejar rastro de qué había atrás y sin modo de ver qué espera delante.

[DeThe Reading Brain in the Digital Age: The Science of Paper versus Screens“, por Ferris Jabr, 2013, en Scientific American; traducción mía]

 

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