Año nuevo, vida

He aguantado sin escribir nada sobre el nuevo año nuevo y sus propósitos hasta ahora, tal vez porque no tengo mucho que escribir. Año 2018, año dos mil dieciocho. Yo me confundo y cuando escribo la fecha, pongo un nueve, en vez de un ocho, y mis compañeros de trabajo me riñen asombrados: “¿Pero por qué quieres saltarte un año?” Yo río y digo que ha sido un lapsus, mientras me pregunto a mí misma lo mismo. Tal vez en el inconsciente se me antoja un año malo y quiero que pase cuanto antes. O quizá en mi mente el año que ha pasado ha sido tan largo que me ha sabido a dos.

Pase lo que pase no voy a hacerme una lista de propósitos que no llegaré a ticar, digo cumplir. Y mira que yo soy mucho de listas. Pero a estas alturas de mi vida creo que voy a aceptar la realidad y mi manera de ser: que no voy a cumplir ni uno solo de los propósitos que me proponga. No crean las malas lenguas que nada voy a hacer este año, que voy a gandulear o dormir hasta el próximo – que si bien, tampoco me repele la idea. No, hacer cosas haré, pero voy comprendiendo ya que de poco sirve hacer planes y propósitos, que la vida te lleva aquí y allá a su antojo, a veces te sorprende y tú te limitas a seguirle el rollo, que ya es.

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